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Mostrando entradas de diciembre, 2015

Cortázar, el argentino que se hizo querer

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  Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión y habíamos hablando de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados. 

      A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en que momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. 

      Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apolog…

De pasteles y otros recuerdos...

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       La última cena puede ser un pastel de masa negra, con almendras, cubierta con crema de leche y adornado con fresas. Aún tibio, dividido en el trozo de la celebración, el olor se contagiaría mientras las lágrimas corren por las mejillas que aún rememoran las manos de una mujer que quería hacer especial un momento.
         Es así como los pasteles se vuelven importantes en tu vida y llegas a la casa con el calor del día  entre las costillas, preparas los ingredientes, luego el delantal y empiezas la alquimia de los días de descanso.
       “¿Por qué si no es el cumpleaños de nadie? ¿Por qué un ritual? ¿Qué preparan las mujeres cuando están solas?”, dijo la señorita M, a quien no le contesté.
          Entonces veo la vitrina de las pastelerías del centro y de los pequeños cafés de las librerías y soy parte de esa mujer que fue mi abuela, quien me preparaba el pastel al medio día mientras escuchaba la estación de radio que aún sintonizaba la nostalgia del melómano. Me detengo com…

Renuncié y no me he muerto de hambre...

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    Renuncié a mi trabajo y no me he convertido en un monstruo como Gregorio Samsa, estoy bien. De hecho nunca me había sentido con tanta energía creativa y me parece que eso es bueno.

Creo que la mayor parte de eso que llamamos presión social puede resumirse en una pregunta cotidiana: “¿En qué trabajas?, ¿Para quién o en dónde trabajas?” El mundo no está preparado para escuchar la respuesta de “haciendo realidad un sueño, un proyecto personal”, “obteniendo inspiración para mi libro”, “estoy creando una serie fotográfica de lo que la gente pisa con la suela de sus zapatos”, “hago dibujitos y los publico en mis redes sociales”, “me gusta ir a ver pelis y después reseñarlas en mi blog”, “hago croché”, ”tengo un taller de vitrales en casa”, “toco el Ukelele”, “entrevisto gente en la calle”, “hago malabares”, “bailo”, “cocino y experimento con alimentos”, o “viajo y cuento historias del movimiento del mundo”.

NO.
El mundo no está preparado para escuchar que tienes escrita una lista de objeti…