Escuchar salsa rosa con la camiseta de la Fania puesta
A una le da por bajar la guardia, desentonar, encerrar la bravía, rendirse al hoyo negro de la lentitud, bajar las revoluciones, echar a volar los oráculos, dejar tanto ímpetu, soberbia, tanto Indestructible, tanto soneo machito.
Tranquila, sin desenfado, ser piña caliente. No me pida el arrebatado ni me haga sentir vergüenza por no ser la dura esta vez. Una también tiene el derecho a no estar a la defensiva, a estar rendida, quitarse lo que aprieta, desnudarse y cubrirse con una camiseta XL que diga grande FANIA. Sin esperas de carameleo. Colocar tus propias manos en el vaivén desaforado de una oficinista que vuelve a casa. Una sigue soñando, deja la parquedad y se escapa de la familia; inocentona en el nacimiento de la fantasía.
Es disolverse en las decisiones de la corriente y empezar a palpar los poros de las prendas, los perfumes, los objetos preciosos: la taza de azulejos, la granadilla, el ají y el limón en la garganta profunda.
Es que esa musiquita te hace un masaje en el ombligo, te hace descaradamente sexy, te encierra y te castiga con la libertad; cuando la camiseta y ella se aceitan y se juntan, o cuando la bata se abre después del baño tibio, con la toalla en la cabeza y un negroni después de un día que costó mucho.
Y los puristas me dirán: ¡Sacrilegio! Pero qué puedo hacer cuando caen goterones de miel desde las direcciones más silenciosas. Este ritmo tiene el velero perfecto contra toda frialdad y una se puede convertir por raticos en lo deseado, sin vergüenza ni tabú. Estando sola o acompañada soy la mujer en la canoa que lanza la atarraya, acertada, sin prestarle atención a la dureza de los malditos corazones.
Aquí no hay malentendidos, y si los hay, los dedos se deslizan por los albores de la copa y aplican unas gotitas en la lengua tambaleante. La cinturita empieza a pedir la delantera y la boca panteón empieza a antojarse de galletitas. La salsa de alcoba, la que me parece buena, me trae al lugar común y eso me divierte, me pone una pomada rica, fría y aromática en la sien.
Sigilosa al momento del erotismo, con una tarjeta kitsch en el espejo del baño. ¡Qué más da! Confesiones: el tintineo brioso me convierte en la nena del video musical noventero, con bikini y morbo de tocador. La inalcanzable, la entregada. Mirada turbia y desafiante, con sonrisa dulce y complaciente.
No niego que en medio de lo paradisíaco esa masculinidad de los cantantes convierte a la mujer en el objeto del deseo o la traición. Ese hombre que espera que todas estén dispuestas porque sí, porque lo quiere así. Sin embargo, rescato el jugueteo, el pimponeo y el brillantico. Un espacio solo para ella, a lo Woolf pop, en el trance seductor con la salsa romancera, en el placer a solas; con eso basta.
Ahora vamos a la calle. Una noche me gustó distanciarme de lugares salseros donde la mayoría de veces colocan temas que no me producen emoción porque no son muy conocidos. Y eso está bien, pero a veces son canciones tan largas y monótonas que no les encuentro furor. En la salsa dura póngame alguna vez: Inferibious, Cachondea, Ana Isaoco, Hermandad Fania...Y no me sentaría ni una sola vez. Pero me las he perdido todas en algún bar de Bogotá.
Por eso regreso a casa sintiendo que me faltó algo, deletreando una a una las canciones, hasta que baja el fuego, me desmaquillo, me quedo en camiseta y me pongo a escuchar algo suave en la madrugada; quedan las cenizas calientes y empieza otra clase de sudor.


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