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Emilia por Bogotá- Capítulo I

        F ue Ismael Almonacid González el que me enseñó a caminar la ciudad. Papá no me llevó por Bogotá en carro, tampoco pasamos los días en centros comerciales ni en parques de diversiones. Él tomó mi mano para caminar por las calles y saludar al fotógrafo Manuel H., cuando se asomó desde un balcón. Pasar por el Museo Nacional, ir por la Séptima, los sándwiches en Casa Lis, la calle 17, las estatuas humanas, la Casa del Florero, el vuelo de palomas y las puertas siempre cerradas de la Catedral Primada. En el silencio y en la algarabía, en busetas decoradas con peluche y en las escaleras del Museo de Arte Contemporáneo. Allí estuvimos, en el asombro frente a los artistas del Festival de Teatro, en la escalinata más alejada de La Media Torta, convirtiéndome en una niña dorada dentro del Teatro Colón y bajo las luces de estreno del Jorge Eliécer. De este modo aprendí a observar, aunque tal vez eso suene muy pretencioso; mejor digamos aprendí a merodear. Sí, como un gato, con los ojos

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