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Divagación del optimista

Bogotá (2016)

      Para las dolencias del espíritu, puede ser la enfermedad una terapéutica excelente. La enfermedad aceptable. Sentida, resentida y consentida. Y mejor, si es el suave quebranto crónico, que impone la cotidiana cautela, y libra de sorpresas orgánicas. 

     Bogotá es el sitio ideal para estar enfermo. El paisaje, —cielo alto, árboles escuetos y aire limpio— es un paisaje de convaleciente y la convalecencia es otro modo de estar enfermo; un suplemento de la enfermedad. 

    También a mí, hace tiempo que me ocurren muchas cosas; por ejemplo, estar enfermo con apaciguadora periodicidad. Cultivo una leve enfermedad de confianza, que, como amiga fiel, me acompañó toda la vida, me libró, hasta ahora, de la enfermedad desconocida, y me lleva de la mano, por mundos y trasmundos, en un régimen de cautelosa prudencia. Es la dolencia coloquial, la enfermedad de cabecera. Viene conmigo de muchos años atrás; y le debo deliciosas angustias, y discretas compensaciones de amor y de…

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