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La pereza

Nada habría más propicio que una de estas mañanas húmedas y opacas, para rezar las letanías de la pereza. Yo daría mucho de lo que no tengo, por llegar a ser el cantor de la virtud nacional, que es la pereza. Yo la llamaría en el elogio que de ella hiciera, con muchos de los dictados que se aplican a la madre de la cristiandad: janua coeLi, turris eburnea, consolatris aflictorum, y otros que le caen mejor a la pereza, madre del ensueño, progenitora de los pensamientos profundos, en cuyo seno se engendran las resoluciones heroicas, las inspiraciones geniales, las obras artísticas, y todas las cosas que merecen algún respeto. 

En el ondo debe haber ciertas analogías entre los dos temas que así han suscitado imágenes semejantes. La religión de nuestros padres está inspiraba en la quietud, en la renunciación, en la humildad y en la paciencia. Y tales son los componentes indispensables de una sólida pereza, profesada con firme convicción. El ideal supremo del creyente y su recompensa máxima…

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