domingo, 6 de noviembre de 2016

Las gafas, las mangas y el desempleo

Fotografía de Alex Timmermans.




         Todo era lo mismo que aquel día, dos años antes, en que recibiera su nombramiento de ayudante del registro municipal. La alcoba, un cuartucho de cinco metros, pugnaba por abandonar la penumbra y recibía una lucecilla tenue de amanecer en las claraboyas de la puerta principal. A la izquierda estaba su cama de pino, con las cuatro colchas, el edredón y tres almohadones. A la derecha, la cama de su mujer, un tanto más curiosa y acicalada. Al fondo, el armario de nogal, con el espejo roto y pintado de florecillas amenas que disimulaban los desperfectos. A la entrada, el tocador con la enorme palangana esmaltada, la jarra azul, su bata de baño y los cepillos de dientes. Todo era lo mismo. Zumbaban las moscas, halagadas por la vecindad de la alcantarilla. La decoración de los muros, cubistas, daba vueltas prezosamente. El reloj despertador, sobre el velador, traqueteaba su coranzoncillo mecánico y quería estallar. 

         Despertó constipado, con un ácido sabor entre la boca, y en la nariz un cuerpo extraño que lo punzaba caprichosamente. Abrió los ojos y contempló los muros, la cama de su esposa, a su esposa, dormida y resoplante, cuyo cuerpo obeso se dibujaba sobre las frazadas. Miró el reloj: las 6 de la mañana. Se pasó las manos por los cabellos, untados de manteca perfumada. Bostezó. Repitió el bostezo. Resbaló la lengua por las encías. Se enderezó un tanto. Había tiempo de dormir un poquitín más. 

         Entornó de nuevo los ojos. Juntó las rodillas con el pecho. Quedó convertido en un número tres. Se agarró las mangas de la piyama (malditas piyamas siempre grandes para su diminuta estatura), y cuando ya se sumergía en un leve sopor, la realidad golpeó el cerebro, bárbaramente. 

       Cierto. La tarde anterior estaba en su escritorio, todo cubierto de manchones de tintas y de sucios papeles. Hacía el eterno registro:

                                     Muertos                        16
                                     Nacimientos                18
                                     Registro civil                24
                                     Matrimonios                15
                                     Testamentos                13

                                      Suma total                   86

       Trazó con excelente caligrafía de empleado modelo las cifras bobas en la planilla de estadística. Se zafó las mangas de diagonal negro, lustrosas en los codos por el uso y la antiguedad. Guardó sus gafas ''de cerca'' en el estuche de cartón y se caló las gafas ''de lejos''. Preparándose para salir a la calle cuando el señor jiménez, jefe se la oficina, muy enternecido, con una vocecilla amanerada y compleja comenzó a decirle:

                Don Salatiel, le tengo una mala noticia... Una mala noticia, don Sala, que había querido ocultarle hasta el momento, pero que ahora me veo precisado a comunicarle...Don Sale...

         Pensó inmediatemente. Nueva deducción de sueldos. Cuestiones del déficit presupuestales. Ganaba $50 al mes. Según los cómputos, no podría quitarle más de $5. ¡Bueno! Cinco pesos era mucho dinero. Pero, ante lo inevitable, ¿qué vamos a hacer?

             Sí, don Sala, los tiempos están malo. El señor contralor ha resuelto hacer una completa reorganización de las oficinas. Hay que balancear el presupuesto. Las recaudaciones disminuyen. Yo -y ya verá usted que desempeño mi empleo perfectamente y que tengo grandes ''palancas''-he sido degradado. Y a usted, don Sala, le darán, eso sí, ¡no faltaba más!, su mes de sueldo y algo de la caja de auxilios. Su empleo ha sido suprimido. El trabajo de usted lo haré yo, con el mismo sueldo. No fue posible conseguir que se le dejara a usted. Domínguez, Gutiérrez y yo intrigamos bastante. Con lo que le den en la caja, monte un negocito, don Sala. Pueda ser que le vaya bien. Esto de estar empleado, al fin de cuentas, es una miseria. Gastamos toda nuestra vida, para que después hagan con nosotros lo mismo que han hecho con usted. Don Sala, todos estamos a sus órdenes para lo que se le ofrezca y...

        No aguanto más. Bien lo recordaba. ¿Humillarse ante el señor Jiménez, que siempre lo había mortificado con sus alusiones a sus viejos vestidos, a sus remendadas camisas y escarraladas corbatas? Nada. ¡Moriríase de hambre! Él y su esposa y sus cuatro pequeños. ¡Pero nada diría!

     Recogió las mangas de diagonal negro, las envolvió en un paquetico. Sacó de la gaveta de su escritorio algunos papeles particulares -dos libranzas y cuatro letras -, arregló el tintero, limpió las plumas, la de "la roja" y la de "la negra"; arrancó del calendario la hoja del día, San Juan Nepomuceno; saludó a Rodríguez, a Domínguez y a Gutiérrez. Compúsose las gafas y abandonó el local del registro. Llegó a la casa. Comió poco, desabrido de angustias. Relató a los pequeños algunas historias de hadas y duendecillos. Y a las 8 se recogió. Durmió como un santo. Tuvo varias pesadillas atroces. Vio cómo sus mangas de percal negro abofeteaban al señor Jíménez y a Domínguez y a Gutiérrez y al jefe de la oficina, y al señor contralor y al judío de la libranza. 

     ¡Valientes golpes! De cada uno caían los follones, espantados, al suelo. Después tuvo calma. Percibió los ronquidos de su esposa, en la cama vecina, y las respiraciones inocentes de sus hijos. Y ahora, a las seis, se despertaba, olvidado de todo, obedeciendo a la rutina, y  saltaba del lecho, y se calaba las pantuflas y se pasaba la lengua por las encías, ¡Como si todo fuese lo mismo!

      Meditó: "¿Hacer escenas? ¿Para qué?". Diríale su esposa la eterna verdad: "Eres un imbécil, un idiota. No conservas un empleo más de dos años. El esposo de Garcilasa hace 15 años que trabaja en la empresa de papel y ha sido ascendido hasta ganar ¡$150 al mes! Tomás, el marido de Engracia, hace 17 años que trabaja en el Ministerio. Y le ofrecen una colocación mejor, que de seguro aceptará. Todos se hacen una carrera y ascienden y progresan. Sólo tú, viejo zorro, cada seis meses estás cesante. Pero, también, ¿cómo siendo tan bruto puedes mantenerte en un mismo puesto? Gracias a Dios que yo pongo la cara por ti, intrigo, hablo e intercedo con mi familia, si no, ¡nos hubiésemos muerto de hambre!".

        Y los chiquitines lo mirarían abismados, pensando en sus bombones y en el colegio. Y Juan, el menor, chico estúpido, se pondría a llorar, y agarraría de las faldas a la madre, y todos llorarían después. ¡Y oirían el escándalo en la casa vecina y se regaría la noticia y lo sabría la dueña de la tienda y la empresaria de la lechería! ¡Vaya, por Dios!

       En verdad, se metió entre sus pantuflas, muy pasito, sin hacer ruido. Fue al baño. Diose su ducha de agua clorada y fría. Vistió su eterno terno carmelita, deshilachado en las rodillas. Se peinó los ralos cabellos con su desdentada pinilla. Reposose otra vez las encías con la lengua gorda y áspera. Llegó al comedor, y para hacerse respetar, gritó:

             Eduviges, ¡el desayunoooo!
              Acudió, somnolienta, su esposa. Lo miró con odio y con asco. Al cuarto de hora e trajo un tazón de chocolate con un pan de a centavo. 

             A Josesito le hace falta un libro para el colegio. La sirvienta pide aumento de sueldo. Yo estoy desnuda, cubierta de chiros. No tengo ni sombrero ni zapatos. No puedo salir a la calle, ni hacer mercado. Y tú te levantas y gritas y nos despiertas a todos por el maldito desayuno. ¡Vaya el esposo considerado y el padre ejemplar!  Antes que no te han botado, que cualquier día de éstos te quiten el puesto por molondro  y bruto. 

     Y vociferaba. Y a cada palabra se le escapaba un sollozo. Y los senos flácidos por la maternidad le bailaban como dos grandes pelotas. Y la caja de dientes le zumbaba y querían salírsele de entre la boca. Resistió todo, sin una protesta, sin un solo ademán de queja. ¿Con qué derecho? Recogió su sombrero de pelo, le pasó las mangas para alisarlo. Allá en el comedor, su esposa seguía insultándolo. Al salir, el sonido del timbre de la puerta lo volvió a la realidad y le despertó una llamita de rebeldía. 

       —¿Pero cómo -pensó- pude casarme con semejante cacatúa?

      Una neblina viscosa cubría las calles. Los tranvías, solitarios, rascaban el silencio. Cuatro beatas de mandila caminaban, presurosas, a misa. Maquinalmente tomó las mismas calles de siempre. Llegó al edificio del Registro. El portero le miró con sorna. Dio media vuelta. Siguió por la carrera 7a. Llegó al parque. Se sentó en una banca y con la uña del pulgar derecho comenzó a dibujar garabatos, estropeando el barniz. 

      ¡Qué largas horas! ¡Eternos los minutos! Cuando había dañado una tabla entera del banco, sonaron las nueve. ¡Y a las 10 y 30 se salían de la oficina! Vagó por el parque. Fue al quiosco de las retretes y se imaginó varias cosas. Entretúvose en examinar las nuevas edificaciones. De pronto cincuenta pitos hirieron el espacio. Eran las 11. Paso a paso, encaminose a su hogar. Silenciosamente ingirió su ración de mazamorra y las tajadas de plátano frito. Durmió su siesta como siempre. Un tremendo vacío le mortificaba el cerebro. A la una, "se fue a la oficina". Llegó al parque. Cuatro desamparados, con las pupilas bobas, las ocas abiertas, las ropas arrugadas y sucias. 

     Eran como él, hombres sin empleo, desamparados, vagabundos forzados. 

     Subió a un montecillo cubierto de hierba fina y húmeda. Recordó a Domínguez, a Gutiérrez, a Rodríguez , al señor Jiménez. Imaginó sus mangas, organismos muertos. Sus mangas de percal, sin objeto, sin trabajo, sin empleo. 

      Se acostó boca abajo, contra la tierra. Recordó a los hijos, Josesito, Juanillo, Rafael y Jaime. Cuatro bocas inocentes tenían hambre. Imaginó a su esposa, en otros tiempos, y un estremecimiento de locura le cruzó las entrañas. 

      Acercose más a la tierra. Sudaba un vaho purificador, eterno, maternal. Metió el rostro entre las verdura y la yerba. Se le refrescó la memoria. Se cogió los dedos de la mano izquierda con la mano derecha y se entretuvo así varios días. El sol, arriba, despachaba sus rayos. Por la avenida transitaban tranvías, automóviles, hombres y carros de basura. Como la pupila de Dios, brillaban en el cerro la torre de Monserrate. 

      Se paso la lengua por la encías. Aquietó las manos. Se caló las "gafas de cerca". Maquinalmente hizo la cuenta: 

                             Muertos                       18
                             Nacimientos               14
                             Registro civil              13
                             Matrimonios              15
                             Testamentos               16

    Comenzó a sumar. Al frete, sus mangas de percal danzaban una danza obscena. Allá arriba, el sol y Dios y los angelitos. 

     De nuevo metió a cabeza entre la yerba y quedamente, muy pasito, soltó cuatro grandes lagrimones, amargos, ácidos, gruesos. Quiso mirar hacia arriba. Todos estaba nublado. 

        ¡Valiente cosa; tendrían que calarse las gafas "de lejos"!




Escrito por Ximénez




José Joaquín Jiménez -o simplemente Ximénez, el nombre con el que firmó sus textos más emblemáticos- es, junto con Ismael Enrique Arenas, Felipe González Toledo y Rafael Eslava, uno de los cuatro grandes de la crónica roja entre los años treinta y cuarenta del siglo xx en Colombia. 




  

domingo, 23 de octubre de 2016

Los mataperros


Tomada por Ivón Fernanda Almonacid 


      Vivimos en una época de alucinación y de frenesí colectivo, y los sentimientos y las ideas se cruzan como ráfagas contrapuestas en una noche de tempestad. Si, como se creía antaño, la literatura de un pueblo no solo contribuye a formarlo, dándole unidad por la lengua y el espíritu, sino que a la vez lo refleja en lo que es en él la esencia, lo duradero, no ha de sorprendernos que nuestra poesía y nuestra novela de mañana, de ahora mismo, sean dadaístas. 

      Aquí todos estamos dadaístas. Se inicia una campaña en favor de la higienización de México, dizque para raer la concha de lepra que ciñe los palacios ilustres, y el súbito resultado de ese movimiento es la aparición de los mataperros. Y ni en los ritos magiares, en que la posesión de la tierra no se hace sagrada sino derramando sobre los terrones removidos la sangre de un animal, a latigazos de muerte; no, en ningún tiempo se ha visto más lúgubre. 

       Junto  los mansos ojos de los perros, donde un alma delicada no puede hallar sino misteriosos reflejos, y junto a sus dientes, que recuerdan a Jesucristo, según la parábola tolstoiana, "una hilera de perlas" - los empleados de la policía, que han de instituir la higiene pública en esta ciudad, parecen hienas: lo que hay en la entraña de la bestia humana, el ímpetu de herir y de gozarse en el dolor, la sevicia, todo se reveló ahí. Cuando los garrotes caían sobre las cabezas de las inermes bestias, en el sacrificio feroz y horrible, hubiera podido verse en los ojos de los mataperros algo como un brillar de espadas revolucionaras. ¡Rodolfo Fierro huiría con sus hombres!

        La iniquidad hirió una fibra del corazón indiferente de México, y he aquí a la prensa blandiendo sus arcangélicas espadas en defensa de los perros. Diríase que los reporteros y editorialistas evocan la memoria de aquel pequeño Pelleas, cuya muerte constituye para el filósofo "una pequeña luz entre las sombras"; dijérase que Cipión y Berganza no son ya imaginaciones, sino carne y huesos que andan y que acaso escriben para los diarios matinales...

         Pero no, esta visión es lóbrega. Si los perros escribiesen, ahora que hay libertad de imprenta, sus inteligencias escarnecidas -donde se esconde, sin embargo, la agudeza que da el dolor- nos desconcertarían con la revelación de verdades angustiosas. Quizás conoceríamos así la lógica de los pronunciamientos, de los asaltos, del abandono de los niños a la intemperie, de la sangre vertida en agitaciones obreras en que la picardía de los líderes pone a su servicio la ingenuidad de los que trabajan...

       Y, francamente, la pobre especie humana podría decir a la especie perruna, si esta se querellara del tormento en las comisarías, la frase inmortal de nuestra epopeya:

               -¿Estoy yo acaso en un lecho de rosas?



Escrito por Porfirio Barba Jacob

Tomado de Escritos mexicanos, Fondo de Cultura Económica, 23 de junio de 1922. 



Porfirio Barba Jacob, fue como se conoció al poeta y periodista que nació en Santa Rosa de Osos en 1883 y murió en Ciudad de México en 1942, y cuyo verdadero nombre era Miguel Ángel Osorio. Fue un trashumante que vivió en varios países de América, pero dejó la mayoría de sus escritos en prensa centroamericana, como los que recogió Eduardo García Aguilar en Escritos Mexicanos. Fernando Vallejo publicó una de sus mejores biografías, titulada 'El Mensajero' (1991). 

jueves, 15 de septiembre de 2016

Débora Arango



Si le hubiera hecho caso...



"Si le hubiera hecho caso a todas las cosas que dijeron de mí, si me hubiera tomado en serio todo lo que escribieron, me hubiera quedado pintando bobadas. Me criticaron y no me importó. Mi encierro en Casablanca no fue premeditado. Mis dos hermanos médicos nos propusieron, a los hermanos solteros, que pasáramos una temporada en la finca con mi padre, para superar, entre todos, la muerte de mi madre. Me enamoré de la casa y me olvidé, sin querer, de Medellín, de las exposiciones y, de paso, de las críticas".

Débora Arango.

A los noventa años (los cumplirá el próximo 11 de noviembre), Débora Arango vive, en Casablanca, con su hermana Elvira, de ochenta y dos años; con Carmelina, la empleada que los vio crecer, y con otra muchacha que las cuida aunque no cocina (de la sección de alimentos se encarga Elvira, con la misma mística de toda la vida). 

El plato que más le gusta son los fríjoles de Elvira, con chicharrón y patacones (cortados en rueditas pequeñas, no muy gruesas y estripados con piedra). Toda la vida ha detestado madrugar, y lo más temprano que se levanta es a las diez de la mañana, a dirigir el arreglo del jardín. 

Adora a Roque y a Martín, los perros consentidos; oye la misa todos los días a las 6:30 de la tarde y no se pierde la telenovela 'Dos mujeres'. 

Esta mujer de noventa años, que le tiene fobia a las cucarachas, que sólo quiso vender nueve de sus trescientas cuarenta y dos obras, y que adoptó una gata que apareció de pronto y que ya tiene más de quince gatos semisalvajes, pintó, el año pasado, cuatro cuadros al óleo durante una estadía de dos meses en Cartagena, que la volvió a inspirar. 


Débora Arango en su estudio en Madrid, pintando el retrato al óleo de su amiga Maruja Sañudo, 1955.


Casablanca, la casa de Envigado que ya estaba en pie en 1870 cuando nació su padre, Cástor Arango, parece que se hubiera quedado detenida en el tiempo. Su patio central lleno de flores y colores. Techos altos y habitaciones gigantes. Olores a tierra y humedad. Lejos, los ladridos de Roque, y más lejos, los motores de los carros y de los buses que, a gran velocidad, recuerdan que el tiempo sí pasa y que la modernidad llega. Una modernidad que Débora Arango recibe con admiración. Una modernidad que vuelve a conocer cada vez que logra escaparse y hacer un recorrido por Medellín y descubrir cosas nuevas. Como aquel paseo en metro que espera repetir cada vez que inauguren una nueva estación. 

Para Débora Arango y sus onces hermanos, la casa de los abuelos en Envigado era aquel lugar lleno de vacas, caballos y gallinas, donde la abuela Mamá Rufina alcahueteaba toda clase de juegos y caprichos. Iluminada con velas y velones, de piso de tierra limpia, fogón de leña y ollas gigantes, la casa (o mejor la finca) se convertía en el paseo obligado de vacaciones y fines de semana (viajaban en tren desde Medellín) y era el sitio donde se comían, sin discusión alguna, los mejores fríjoles, todos los días a las cinco en punto de la tarde, hora de la comida.

Cuando murió Elvira Pérez (madre de la pintora), Cástor Arango se deprimió tanto que decidió, al igual que cinco de sus hijos, salir de la casa de Medellín y pasar una temporada de dos meses en la casa de Envigado. Dos meses que para Débora y su hermana Elvira (únicas que aún viven) se han convertido en 58 años. 

El oficio...


Débora Arango con una de sus cerámicas, 1946. Foto de Gabriel Carvajal. 

Débora Arango descubrió que pintaba bien cuando se dio cuenta de que, por solicitud de su maestra, la religiosa italiana María Rabaccia, era ella quien corregía los cuadros que sus compañeros dibujaban para la clase de pintura en el colegio María Axiliadora, de las Hermanas Salesianas, donde cursó la secundaria. María Rabaccia creyó en su pintura de niña y le insistió en estudiar en serio, con un verdadero maestro. 

En 1932 ingresó a clases particulares en la casa de Eladio Vélez, en el barrio Boston de Medellín. Gracias a él se enamoró del retrato, su único amor. Pero fue de la mano de Pedro Nel Gómez que descubrió su propia pintura. Los cuadros del maestro, cargados de gente, figuras y movimientos, le revelaron un arte que no se conformaba con la más pura y limpia reproducción, sino que exigía que en él se plasmaran los sentimientos y expresiones. 

Débora Arango entró a formar parte del selecto grupo de mujeres discípulas de Pedro Nel Gómez. Salían al campo a pintar acuarela y se dedicaban al óleo en la casa-taller del barrio Aranjuez. Fue en una comida de Nochebuena que el maestro le propuso a sus alumnas dejar los bodegones y los paisajitos y apostarle al desnudo. Todas, aterradas, se negaron. A pesar del señalamiento de sus compañeras y de la amenaza de sacarla del grupo, Débora Arango decidió pintar desnudos, teniendo como su primera modelo a su compañera menor, a quien poco le importaba las advertencias de sus amigas pues debido a su vocación de religiosa, en pocos días entraría al convento. 

En su casa en la calle Caldas, entre el paseo de La Playa y la calle Colombia, Cástor Arango le había adaptado a su hija un gran cuarto como taller. Hasta allá iban sus modelos. Nunca pintaba más de un cuadro a la vez y jamás empezaban uno nuevo sin dejar terminado el anterior. Rápida, sin agüeros y en total silencio, sus modelos casi nunca tenían que ir más allá de una vez. 

Con modelos o con los bocetos que hacía cada vez que pasaba en su enorme Packard (aprendió a manejar antes de los 16 años y fue la primera mujer que manejó en Medellín) por el barrio Guayaquil, cuando iba a cobrar los arriendos de sus locales o a visitar a sus muertos al cementerio, empezó, sin querer, a escandalizar.


Débora Arango pintando durante unas vacaciones en las Islas Barbados, 1963.

No sólo escandalizó a sus amigas compañeras de té. También escandalizó a la conservadora sociedad antioqueña, a la iglesia (que la quiso excomulgar), a la prensa (que en más de de una ocasión declaró que sus trabajos eran tan indignos que ni siquiera un hombre podía pintar de esa manera), al gobierno nacional (que la consideraba 'peligrosa') e incluso al gobierno español (el generalísimo Franco hizo desmontar una exposición en Madrid a las pocas horas de haber sido inaugurada).

A su taller llegaba agitado su hermano Enrique, sacudiendo con fuerza un recorte de periódico, repitiendo las bestialidades que sobre ella escribía la prensa y pidiéndole que dejara esa idea absurda de pintar mujeres en bola. Pero su taller entraba su padre, quien estudiaba con cuidado cada obra y le insistía en lo bonito que le había quedado aquel cuadro. Y también entraban sus hermanas quienes, además de ser sus cómplices en viajes de estudio por Europa, México y Estados Unidos, se peleaban el derecho a ser retratadas. 

Captó el color y la fuerza. Pintó a la mujer sensual, erótica, atrevida. Una mujer que sostiene la mirada. Descubrió el rostro de las prostitutas y de los borrachos. Convirtió a la mujer pueblerina en protagonista del arte, y eso la sociedad no se lo perdonó. Ni se lo perdonó el gobierno cuando se sintió desenmascarado. Ni se lo perdonó la iglesia cuando se vio ridiculizada. 

La intolerancia...

Nunca bajó la guardia frente a la intolerancia. Una intolerancia que, en Antioquia , llegaba hasta el punto de prohibir el suéter en las mujeres y la entrada a cine de las parejas que no demostraran estar casadas. Una intolerancia que, incluso, llegó a exhibir en una de las principales universidades, una foto enmarcada de Hitler, durante la segunda guerra mundial. 

Pero en la intolerancia bullía la vida. En la década de los treinta el barrio Guayaquil se convirtió en una especie de puerto sin mar. Aquel barrio que en el siglo pasado había sido el asentamiento de la aristocracia y de los industriales, se fue convirtiendo en el lugar de los inmigrantes. Allí llegaban el ferrocarril de Amagá y el transporte de los pueblos vecinos. Por las mañana una vida de comercio y de plaza de mercado se apoderaba del sector. Después de las 5:30 de la tarde, el turno era para las prostitutas que se paraban frente a sus pensiones y para los campesinos y los obreros que se dedicaban, durante horas enteras, a beber en aquellas cantinas que, muchas veces, eran tan grandes como una cuadra entera. Por supuesto, también era el refugio del tango, engrandecido debido al accidente histórico de la muerte de Gardel en Medellín. 

Ese Medellín fue el que vio, sintió y plasmó Débora Arango. Es un ejemplo de independencia, no sólo pintó lo que quiso. Se dedicó a hacer arte en una sociedad de comerciantes que se levantaban a las 4:30 de la mañana a producir. Renunció a la idea de que la mujer, para ser feliz, debe casarse, tener hijos y formar un hogar, y asumió su tolerancia con convicción, de manera decidida. Se enfrentó a la iglesia moralista y derechista a pesar de su profunda devoción y de sus madrugadas a rezar. Se refugió en su Casablanca y le importó muy poco todo lo que de ella pudieran decir. 

La columna vertebral...



'Autorretrato con mi padre' Débora Arango.
"En mi vida hubo una persona fundamental: mi padre. Con él, venía todos los domingos a traerle regalos a mi abuela. Mi madre nos acompañaba hasta la estación del tren y nos mandaba la bendición varias veces, hasta que el tren desaparecía. Con mi padre fui, durante muchos años, a misa a las 4:00 en punto de la mañana. Con él aprendí que mis cuadros eran bonitos y fue él quien alcahueteó que a los diez y seis años aprendiera a conducir el Packard, aquel carro que nunca se varó. Cuando murió, pinté 'Autorretrato con mi padre', mi único autorretrato. Aparezco de espaldas, sentada en el piso y llorando sobre sus rodillas. Sólo me pinté una vez, con mi padre, porque sólo con él quería estar. Aunque estuviera muerto".

La señora de Pedro Nel...


Retrato del artista Pedro Nel Gómez.
"En esta casa, en esta sala, me gustaría tener colgado, al lado de mis cuadros, el retrato que el maestro Pedro Nel Gómez le hizo a su mujer. Ese cuadro me gusta, y no sólo por su valor estético. Significa también una manera de agradecerle a una señora que creyó en mí y en mi pintura, aún más que el propio pintor. Un día que el maestro y yo estábamos pintando a mi hermana Elvira, entró su mujer y dijo: "Pedro Nel, ¿te fijaste en las manos que pintó Débora?". Hasta ese día el maestro me dio clases."

La política...

"De política no me gusta hablar. Ya pinté varios gallinazos, gallinas, micos, hienas, perros, reptiles y sapitos. Hoy en día sé que el zoológico se podría ampliar. Cuando veo noticieros me dan ganas de hacer apuntes y pintar a varios políticos. Pero se queda sólo en eso, en las ganas". 


'La república' Débora Arango,


El mito...


'La estela de la madrugada' Débora Arango. 
"Nunca me metí a las cantinas ni fue a los barrios escabrosos. Cuando iba a cobrar los arriendos de mis locales o a visitar a mis muertos al cementerio tenía, inevitablemente, que pasar por el barrio Guayaquil. Allí veía a las prostitutas en la calle, con sus largas melenas, paradas en las puertas de las cantinas. También estaban los borrachos, cantando, gritando o peleado. Yo los veía y, enseguida, veía también el cuadro. Componía en mi cabeza y en la libreta donde hacía los bocetos y cuando llegaba a a casa me encerraba  pintar. La Débora Arango que deambuló por barrios bajos y cantinas nunca existió. Sólo fue un mito".

El amor y la religión...

"Para mí, el amor es un aroma que se huele y se va. Sólo una vez, cuando tenía once años, creí estar enamorada. Se trataba del hermanito de la novia de mi hermano Enrique. Un niño con el que nunca nos dimos un beso, pero con el que nos comimos unos sancochos buenísimos. La religión, en cambio, es lo más importante en mi vida. Entre más días pasan, más amo a Dios. 




Escrito por Marta Beltrán
Tomado de la revista Gaceta.
Septiembre/diciembre 1997




Marta Beltrán es comunicadora social y periodista de la Universidad del Valle, nacida en Cali en 1972. Este reportaje se publicó en el marco del Homenaje Nacional a Débora Arango que realiza el Ministerio de Cultura para celebrar los noventa años de vida de esta pintora antioqueña. 










miércoles, 31 de agosto de 2016

Un encuentro con Diana Uribe



De ese día quedaron los recuerdos de la Gran Guerra, los pies cansados, la perdida del almuerzo y la voz sabia de una mujer.  Aquella voz que oía en la radio todos los domingos para escucharla hablar de historias de guerra, civilizaciones y culturas. 


***

La encontré en uno de los pasillos de la Biblioteca Nacional de Colombia, justo en la exposición de la Primera Guerra Mundial. Eran las 10:00 de la mañana, no sonó nada más que mis zapatos cafés, mientras merodeé objetos, manuscritos y periódicos. 

De pronto escuché una voz gruesa e imponente que lo abarcaba todo. Era Diana Uribe, quien caminaba junto a un muchacho, su asistente de investigación. Al espacio también llegó un hombre encargado de guiar la exposición, que al ver a la historiadora explicó el recorrido con discreto tartamudeo. Sin embargo, Diana lo miró atenta, como el estudiante a su profesor.  Seguro ella ya lo sabía todo de sobra, pero las personas inteligentes escuchan siempre con atención.  

Diana con su cabello morado, interrumpió al guía con comentarios muy cortos, sin obtener mayor atención. Él la miró perplejo y fijó sus ojos en sus mejillas pintadas de carmín. 

                "Estoy aquí para preparar el programa radial sobre la Primera Guerra Mundial de este domingo", dijo la historiadora bogotana. 

La vi reír mirando las caricaturas de la época  y le señaló a su acompañante de investigación cada fecha importante. Todos la seguimos como hipnotizados, no sé en qué momento se vinieron a mi cabeza los recuerdos de cuando tomaba chocolate mientras sintonizaba Caracol Radio, y a la mano tenía el bloc de notas para escribir los fragmentos de sus palabras que servirían para mi clase de sociales en el colegio. 

Debo confesar que por esta distracción perdí mi atención de lo que dijo, pero no fueron muchas porque ella se limitó a mirar y a escuchar sin protagonismo. ¡Qué afortunada era! Sin premeditar la historiadora más destacada de este país estaba conmigo. Esa voz que hacía retumbar la casa los domingos, ahora estaba frente a mí y la percibí tan real, sencilla y juvenil. 

Llegó el medio día y ella se preparó para irse, pero no podía dejarla ir sin decirle que....

            "Me siento orgullosa que una mujer haya sido la que me contó la historia del mundo en mi pasado". Se lo dije como si fuera la presidenta del club de fans y ante lo dicho vi un gesto de nobleza, que rescaté para guardarlo al baúl que iría a la luna. 

           "Te estaré esperando en la Casa de la Historia", me respondió.


Se refería al espacio que ella fundó en febrero del año 2011 en el barrio 'La soledad' en Bogotá, un punto de encuentro para conocer y conversar sobre la cultura y la historia. Pero por falta de recursos la casa dejó de ser física y se convirtió en un gran casa virtual. 


www.lacasadelahistoria.com

Un lugar donde puede encontrar material multimedia para convertirse en un amante de la historia, y claro, podrá deleitarse con la narración de Diana Uribe. 


***

Ese viernes salí de la Biblioteca Nacional y me dirigí al Parque de la Independencia a almorzar, pero cuando iba en la segunda cucharada, un perro gigante me acechó y se comió mi almuerzo. ¡Qué horror! Pero no importó haber quedado con hambre.... Conocí a Diana Uribe y eso fue lo único que importó ese día.  




Escrito por Estefania Almonacid Velosa



miércoles, 24 de agosto de 2016

Bocanadas de Obregón


Alejandro Obregón (1960)
Por Nereo López.



Durante más de veinticinco años, en los gozosos encuentros que Diego tuvo con Alejandro Obregón, el escritor fue tomando nota de las frases, opiniones e ideas del pintor, que como relámpago iluminaban una conversación seria o una charla informal. Diego León Giraldo fue acomulando estas joyas obregonianas que hoy la revista 'Arte' presenta a sus lectores. 

Cierto día de 1991, el Maestro Obregón me miró fijamente y después de agarrar mi atención, dijo: "Durante todo el tiempo que llevas trabajándole a tu libro, han salido varios... ¿Cuándo lo terminarás?"

Y continuó con su mirada, descargada sobre mi sorpresa... Sin embargo, esa pregunta no la contesté. Que mi silencio se escuchó hasta en la cocina de su casa en Cartagena, no lo dudo. Y es que ¿Cómo podía contestarle al Maestro tratándose de una persona como él, con su carga de energía que más bien parecía crecer cada día y a sus velocidades suyas también crecientes, ya se refiera al arte, a los objetos, a los animales, o a un color cualquiera, que parecía salir de la sepultura conceptual con tal carga de ideas precisas o definitivas y aventuras de estilo único, que sólo parecen  haber tenido a Obregón como protagonista?

Es entonces cuando, amenazado por tal cantidad de frases-flecha casi todas llegando preciso al blanco del convencimiento personal, uno hasta llega a desear tirarse al suelo, de un solo golpe, antes que la furia o técnica de la carrera del Maestro, nos lleve por delante y nos deje por ahí clavados en cualquier muro de piedra de la ciudad, sólo porque Obregón ha comenzado a dispararle a la Estética...¿Cómo podía yo, tratar ingenuamente de explicarle a este huracán costeño, que un libro diseñado así, sobre una persona también así, no podía terminarse nunca...?

Mientras tanto, el silencio de los dos se alargó, inclusive, hasta más allá de lo que la estructura de la expectativa suele recomendar.. Fue entonces cuando descubrí que el maestro soltaba una risa discreta, pero franca, sin tampoco decir nada. Y a mí me pareció que el Maestro Obregón, con esa extraña percepción en todo, había percibido también la respuesta que yo callé... ¡De la que me salvé ese día!


Arte y escuela 



Retratos tomados por el fotógrafo colombianos Hernán Díaz.

"Hoy en día no podemos ser aprendices para nada. Tenemos que tener la superioridad de haberlo hecho todo. Por eso estoy en contra de las Escuela de Bellas Artes. ¿Cómo puede uno producir artistas en serie? ¡Cuando en la historia de la humanidad sólo ha habido siete! Me siento mal, pero tengo que decirlo: ¡Es malo estudiar pintura! Se lo dije a López de Mesa, cuando siendo Ministro de Educación me nombró Decano de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia (1949-1950), porque toda ciudad que se respete tiene que tener Escuela de Bellas Artes... 

Entonces le dije: "Aunque todo el mundo tiene la razón, disolvamos la vaina!  Otra cosa es fundar una escuela de oficios". Y es que es inmoral, completamente inmoral, que para salvar a un tipo se sacrifique a 120...porque el que nació pintor, sale, estudie o no, es un sino: pero los 120 que se quedan inyectados, contaminados con la sensibilidad o el virus del arte y no dan, quedan frustrados, amargados completamente para el resto de sus vidas. Así de simple, una abeja que no hace miel se vuelve avispa". 

Y es curiosa la constante fidelidad de Obregón a su manera de pensar, que ni el mismo tiempo logra tapar lo que llegó a sostener hace más de cuarenta años. El escritor Antonio Montaña lo confirma, con sus estudios iniciales en Bellas Artes y sus definitivas ganas de convertirse en pintor. 

Hasta el día que realizaba un dibujo a carboncillo, pasó por el corredor Obregón , y se detuvo sorpresivamente, pero no a mirar el trabajo de Montaña, sino a escucharlo.... El estudiante continuó su trabajo, y entonces Obregón  se vino hacia él y con su extraña terquedad de no mirar el dibujo, sólo se limitó a pegar su oído sobre el carboncillo, diciéndole un momento después: "No insista, usted nunca llegará a pintar..." ¿Por qué? le preguntó indignado. "Porque su carboncillo al dibujar no produce ningún sonido, no tiene misterio..." Y abandonó el salón. Cosa que hizo después Montaña, creyendo lo que había dicho el maestro, y que ahora todavía le agradece...
Medellín, 1963


Idea y palabra



Alejandro Obregón y Álvaro Cepeda Samudio en Barranquilla. Año 195?

"En cuestiones de técnica es obvio, no se puede pensar en palabras. El verbo puede anteceder al acrílico porque un lienzo en blanco produce pánico. Lo primero que hay que hacer es ensuciarlo, aplicar un color de fondo que le quite ese color, asustador a matarse. 
Ciénaga, 1972. 

En mi caso personal, pienso que las palabras sólo sirven para ponerle títulos a los cuadros, que también son un poema de entrada. La gente está entrenada para la palabra. El título es una palmadita en el trasero para que se metan en el cuadro, porque la gente es muy virgen visualmente.  Y la pintura sólo puede ser captada por los ojos.  Está hecha, además, con el órgano más silente de los sentidos.  Todos los órganos hacen ruidos, menos el ojo. ¡Pestañea, carajo, Diego León, sino me crees! 

Un periodista me preguntó una vez lo que debía decir sobre mi exposición... Me tocó contestarle que lo que le dictara el cuadro. Mi pintura no necesita explicaciones: La pintura es el mundo del silencio. Si pudiera trasmitir todo lo que pienso con palabras, entonces no estaría pitando. Aunque no niego que tengo ganas de que alguien me enseñe a escribir... Hazlo tú, Diego León, para que me salgan más baratos los agradecimientos.

¡Sólo a mí me toca pintar las gracias!"
Medellín, 1967.


Forma y espacio 



En la foto Alejandro Obregón. Tomada por Nereo López. Año 1960. 


"Ahora mismo trabajo en lo que me interesa: Me interesa la forma en el espacio, pero ahora no un espacio atmosférico, sino un vacío cóncavo, desconocido e infinito en el que quepan mis formas conocidas. Será porque la alharaca del trópico hace mi pintura. Desde que entra a mi obra el paisaje, trabajo con una horizontal, por que el horizonte es el punto que fija el realismo. Y supongo que fue el mar lo que me sacó  la horizontalidad. La línea divisoria airetierra.

La gente también me pregunta por qué la estructura de mis cuadros es la misma. Y lo hago porque todo convencido se repite. Yo no creo en la imaginación en la pintura. Cualquiera puede imaginarse cosas pero no cualquiera puede pintar. Es el cuento del borracho que exprime un limón y al otro día se dio cuenta que era el canario. Velásquez murió mucho mas viejo que yo y sin embargo se repitió toda la vida".


La técnica

"Como comenzaron a pintarme tanto, me toco pintar muy jodido. Aunque la pintura es puro reflejo, parto de la base de que pinto una cosa para que se vuelva otra. Hay veces que es necesario sacrificar armonía para lograr intensidad. Claro que entre libertad forma, me quedo con la libertad. Porque cuando el arte se vuelve una ciencia pierde toda emoción. 

Sólo cuando uno siente que la técnica es esclava de la emoción, es el momento de pintar en serio. De un combate entre color y forma, resulta siempre una aniquilación de ambos. Hay que lograr compendios para que se puedan entender los colores y las formas. Es como el objeto, que es algo para situar y perforar. Ver hasta dónde llega. Proporción, entonces, es lo que se debe, lo que no se puede, lo que uno quisiera y lo que es posible decir, para que sirva de algo".
Cali, 1966


Acrílico 

"Hoy me gustaría hablar del acrílico. La gente jode mucho con el óleo, que por qué dejé el óleo, etc. Creo que el óleo es completamente obsoleto. Descubrí que el aceite no es para pintar sino para comer... El acrílico es a medida del silo XX. Si Rembrandt viviera ahora estoy seguro que utilizaría el acrílico y no esa grasa que es el óleo...

Hay que tener  también cuidado con el acrílico. No es fácil, se ha tirado a muchos pintores. Hay tantos ejemplos que el argumento hasta perdería validez por inelegante. Es como el color, que es de dentro para fuera. ¿Por qué no pintar una manzana totalmente negra si se puede lograr algo con eso? La luz mata el color. Me explico: La pintura no existe, ni el dibujo existe, hasta tanto está hecho. La gente no tiene líneas, ni color... ni nada. Rojo, digo rojo. ¿Y eso qué es? Una palabra, una palabra que pretende ser un traducción vaga de una sensación de color, porque ese rojo hasta que no lo pongas, no sabes si sirve o no. La palabra rojo no sirve hasta que está pintada. ¡Pero si un cuadro es rojo debe ser rojo hasta matarse".
Bogotá, 1976


Pintura y política 



Retrato de Alejandro Obregón. 

"Desde el año 1948 que pinté 'Las masacres' comienzo a darme cuenta que se puede denunciar, nunca solucionar, porque la pintura no soluciona nada. Digo: El arte es un gran ejemplo de libertad. Libertad es la palabra que más le caza a todo lo que he aprendido a hacer. El pintor tiene que ser honesto, que se le conceda una fe absoluta. Pelea por lo que cree, pero eso no quiere decir que todos los pintores buenos sean hombres de izquierda.

 El pintor registra, sólo eso. La política ata y el arte no puede ser atado ni siquiera a la ética política de uno: Uno es catalizador de mil vainas. En mi caso, mi rebelión es personal, me hago pintor por contradecir por contradicción. Hay que untarse de mucha porquería para poder producir la limpieza. 

Ser el mejor pintor del país es fácil. No hay sino que saber hacer trampa. Pero espera, espera, quiero decir que hay que estar convencido, pero no hay que creérselo mucho... eso te da libertad. 

¿Chivos expiatorios? Primero que todo el gesto de la pata de cabra. La forma (se refería al tema de chivos y cabras que Obregón pintaba por es época). Además, hoy nadie admite la culpa de nadie:Yo no fui, fue aquél... En esta sociedad siempre se andan buscando chivos expiatorios; está llena de ellos. Y el pintor que piensa es peligrosísimo, y el que da reportajes, un desastre. Ver, participar y no opinar. ¡Crear un estado de ánimo!

Yo soy pintor... No me embarco en política. Gesticulo ideas, ¡que carajo! Un día formo un mierdero con un cuadro sobre Camilo Torres el cura guerrillero y al otro día pinto una naturaleza muerta. La gente se desconcierta y es que no saben que a mí no me motivan las grandes verdades porque las verdades sólo sirven para ponerles otra encima. Y así sucesivamente, como si cada grito tuviera su medida. 

Admiro a Piero della Francesca por el silencio de su pintura, y a Rembrandt y Goya por la rebeldía contra la injusticia que emana de sus cuadros. Hay extrañas coincidencias en la vida de los pintores a pesar de que el tiempo y las circunstancias los separen.

Goya pinta una monarquía española en toda su fealdad y sus defectos, sin que ésta lo rechace. Rembrandt cae en desgracia por 'La ronda de la noche' en que por razones plásticas coloca al soldado en primer plano y al general al fondo. 

Es que hay que unir ética y estética, porque carajo no es justo que haya gente con cinco en talento y que sea de quinta en su comportamiento. 

Tampoco importa denunciar lo auténtico y lo inauténtico para referirse a ciertas formas del arte. Las cosas se hacen porque a uno le da la gana. Eso sí, ¡mientras la gana sea mejor que la copia!

Discreción. Lo que pasa es que hay que ser impertinentes porque es la única forma como le pasan vainas a uno. Aunque de mi padre aprendí la discreción y eso lo hace a uno tímido. Por eso bebo solo para llegar al punto en que me atrevo a hablar. ¡El ideal es ser hijo de aristócrata y puta!"



Moral 

"Ese gran chivo expiatorio que fue Feliza me dijo un día que era inmoral que le pagaran a uno por aquello que le produce a uno tanto placer. Yo vendo mis cuadros porque desde el momento en que la pintura se vuelve una profesión es respetable y hay que vivir de eso." Cali, 1965. 

Fotografía tomada por Hernán Díaz  en el estudio de Alejandro Obregón en Barranquilla. Año 1962

Arte y velocidad 

"Pintar es difícil. Tal vez el mayor desafío sea la rapidez con que cambian las emociones y sensaciones del artista. Peor ahora que la pintura se puso de moda. La esencia de la moda es la impertinencia y la esencia del arte es la permanencia. Por la velocidad de la época no se madura nada. El pintor requiere una concentración absoluta y concentrarse ahora es como tratar de cerrar una puerta contra un huracán. 

Es que andar más de 80 es de mal gusto. El arte cambia sólo con la prisa. Como la efigie a través de los años. Es casi imperceptible. Y ya suena anacrónico el que trata de madurar una obra luchando contra el tiempo. Porque estamos pintando en una época en donde el gusto es completamente inestable. Cambia el diseño, cambia todo. Y está bien que por estos cambios se joda un telar. Pero que no se joda un artista.

Por eso uno debe cambiar sólo cuando le da la gana. No es fórmula. Yo no tengo fórmula, es un derecho propio. Toda mi pintura es un gesto muy armónico, muy en correspondencia con lo que soy. Y como el artista es concordancia, todos mis cuadros se parecen de algún modo a mí mismo. 

Y lo raro es que los gustos de la comida no cambien, pero en arte sí, además de que se está perdiendo el respeto por el arte: no saben, carajo, que la pintura  es muy sensible a todas impropiedades de la gente".
Cali 1965


Marta Traba 
(Después que ella cambió el país)

"¿Qué opino yo de Marta? Présteme el papel y te lo escribo, porque me da pena decirlo... (Obregón escribió, seguro, en el papel y me lo pasó, siempre mirando a otro lado En la libreta estaba escrito): Marta Traba 'Descubrió la vida para perder el arte'.
Cali, 1965.


Entusiasmo

"Cuando se anda estusiasmado, basta con el deseo y cualquier cosa puede suceder..."
1989.


Soledad

"Sólo que cuando la soledad así súbita, gris y malva me agarra, es capaz de meterme en un socavón tan hondo, que no sé salir de él... Es un hueco tan hondo, que ni siquiera me provoca pintar, en el que me siento descender, descender.... Hasta un fondo desdichado."
Cartagena, 1989.


Decir

"Uno dice cosas para ver qué pasa. Dice cosas por oírse... Y no sé por qué, uno tiene que ser responsable con lo que no es lo de uno. Mira, ¡a mí me da miedo a hacer daño, a algo que explote, a algo que se estrelle. Digamos que estoy muerto del susto...

¡Qué vaina! ¡Me siento atrozmente divorciado de todo el mundo!

Oye bien, carajo, en la vida me interesan sólo cuatro cosas: Primero, tres kilómetros detrás viene la pasión, luego, a los cuatro, el arte y por ahí a los ocho kilómetros, la lógica..." Cali, 1969. 



En esta imagen se ven a los pintores: (De izquierda a derecha) Enrique Grau, Guillermo Wiedema, Fernando Botero (sentado), Alejandro Obregón,, Armando Villegas y Eduardo Ramírez Villamizar (sentado). Fotografía tomado por Hernán Díaz. Año 1962. 

Cultura

"En estos día dije en una entrevista que teníamos un cultura donde la repisa es tan pequeña que caben muy pocos. Para subirse muchos creen que hay que bajar a los otros. Colombia no tiene personalidad. Y la seriedad del arte es muy recóndita. 

Los extremos confrontados siempre producen una sensatez amable. Esto vale también con los valores y con los tonos.

Te repito que en Colombia se ha perdido la fe. Somos sólo medios sofisticados. Aquí todos somos coge-culos...
Colombia se ha vuelto popular. 

Alguna gente tiene belleza, otros, hacen de la belleza una profesión por medio de estudiarla y verla de afuera hacia adentro y no (como debe ser) de adentro hacia afuera. Es que un pintor tiene que tener dos clases de simplicidad: una para los niños y otra para los que están creciendo..."
Bogotá, 1981


Arte 

"Arte, es escaparse de lo vulgar. También es la belleza que uno lleva dentro de uno mismo. Es apenas tratar de entender lo bonito, o lo de bello que uno es. Arte, es también el hacer que la gente vea algo que no pueden soportar".


Armonía

"Un pintor nunca es producto del talento. Es un producto de la injusticia y del balance, que es donde se encuentra la armonía."


Yo

"¿Yo? Quiero seguir flotando en la pintura ¡Si te hundes, te jodes!"
Cali, 1966.



Tomado de la revista de arte y cultura  'Arte' del Museo de Arte de Bogotá. Edición 13. Año 1992.