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Mostrando entradas de octubre, 2014

EL PIYAMA DE CARNE

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EL PIYAMA DE CARNE 


Por Álvaro Bejarano
Cuando el hombre aprenda a gozar con elementalidad ha principiado a salvar su vida. Cuando retrotrae su mirada a la niñez, y dentro de todas las limitaciones la encuentra cargada de ternura, un hálito de rescate le cruza de pies a cabeza. No recuerdo si fue Graham Greene, quien en un apasionante libro (La niñez perdida) dijo que en la infancia de Judas fue traicionado Cristo. Tal vez en nuestra niñez fue estrangulado el elegante hombre que todos llevamos dentro, y por eso toda la ropa que usamos hoy se ha ido adaptando a las adiposidades que va mostrando nuestro cuerpo. Quienes fuimos niños pobres tenemos la vivencia de las adaptaciones que hacían para nosotros de los trajes de los mayores. 
    Aún recuerdo cuando de la mano tierna de mi madre llegábamos a la sastrería de Nicandro Soto en Buga. Portaba yo bajo el brazo  un vestido "heredado" que había lucido un pariente tamaño oficio. De esa sotana ---que o otra cosa era--- extraían un v…

Recordando a los 14 cañonazos bailables...

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CARNE DE CAÑÓN




Por Heriberto Fiorillo
       La carátula de un disco suele ser esa ventana de color estática y tantas veces antiestética en la que una muchachita vende música con sus carnes. A esta definición llega uno, observador bien prevenido, mirando las cubiertas de estos discos llenos de ritmos populares, que los bailadores de nuestro país han convertido en éxito de venta cada año. Podría también añadirse aquí, guasonamente, que esta es una de las pocas justificaciones que tienen algunos maridos colombianos para aparecerse en casa con la foto de una mujer semidesnuda y no enfurecer sino alegrar en consecuencia a la propia. 
        El despe o empelote cuando Antonio Fuentes ---quien había fundado 47 años atrás su casa disquera en Cartagena--- tuvo la ocurrencia de recolectar en un solo volumen todas las piezas de éxito que su empresa había producido ese año. Con el precedente glorioso de un larga duración que recogió los mejores porros y cumbias de todos los tiempos, el novedoso pa…

Lenguas, no armas de fuego...

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Lenguas, no armas de fuego 




Por Heriberto Fiorillo 

        ¿Cómo empezó el hombre, largo tiempo atrás, a reflexionar sobre sus actos de violencia? ¿Acaso cuando vio por primera vez su propio rostro en el agua de la fuente? ¿Empezó también ahí a ver al otro? ¿Estaba ya en aquel primer diálogo la larva viva de nuestra conciencia y nuestro análisis?
         En los tiempos juveniles de Emiliano Zuleta, por ejemplo, o en la infancia solitaria de Lorenzo Morales, en pueblos como Guacoche y La Jagua del Pedregal, donde también eran inmensas y profundas las distancias y los hombres vivían aislados dentro de su propia tierra, fueron muchos tal vez los que aprendieron a derrotar el miedo y a domeñar sus bestias interiores en fiestas de pueblo y parrandas callejeras, mientras músicos como Emiliano y Lorenzo los acercaban con sus versos de precisión y sus canciones del alma.
         ¿No fue desde esos inicios la piqueria ---ese arte que ambos cultivaron con maestría--- batalla lúcida y genial del …