lunes, 6 de octubre de 2014

Lenguas, no armas de fuego...




Lenguas, no armas de fuego 


Lorenzo Morales y Emiliano Zuleta. Tomada de http://portalvallenato.net/


Por Heriberto Fiorillo 


        ¿Cómo empezó el hombre, largo tiempo atrás, a reflexionar sobre sus actos de violencia? ¿Acaso cuando vio por primera vez su propio rostro en el agua de la fuente? ¿Empezó también ahí a ver al otro? ¿Estaba ya en aquel primer diálogo la larva viva de nuestra conciencia y nuestro análisis?

         En los tiempos juveniles de Emiliano Zuleta, por ejemplo, o en la infancia solitaria de Lorenzo Morales, en pueblos como Guacoche y La Jagua del Pedregal, donde también eran inmensas y profundas las distancias y los hombres vivían aislados dentro de su propia tierra, fueron muchos tal vez los que aprendieron a derrotar el miedo y a domeñar sus bestias interiores en fiestas de pueblo y parrandas callejeras, mientras músicos como Emiliano y Lorenzo los acercaban con sus versos de precisión y sus canciones del alma.

         ¿No fue desde esos inicios la piqueria ---ese arte que ambos cultivaron con maestría--- batalla lúcida y genial del verbo y de la mente entre individuos de raigambres distintas y orgullosas? ¿Personas que hallaron así una nueva metáfora civilizada y gozosa de la guerra, una forma distinta de expresarse, disentir y discutir sin matarse y sin matar siquiera los símbolos de su controversia, como se matan hoy en la gallera los gallos de la apuesta?

         Afilando la mente y la lengua ---en lugar del machete y la espuela--- trovadores y junglares de esos tiempos aprendieron y enseñaron a sus congéneres que se podía vivir e incluso matar de otra manera (algo que sicoanalistas académicos han llamado sublimación de la violencia) como se vive y se mata en el ajedrez, como lo hacen gatos y ratones inmortales de ciertos dibujos animados, como los niños que juegan a héroes y bandidos en esa tierra de todos y de nadie que, despiertos y felices, confundimos con el sueño. 

          Aquellas multitudes de la Guajira y todo el Valle de Upar que vieron tocar y cantar a Lorenzo y a Emiliano, tal vez no aprendieron a dominar el acordeón ni a cantar en rima ni a versear como ellos, pero es probable que algunos lograran comprender y asumir que los humanos podíamos también herirnos y soportarnos, pensarnos y reírnos con el vuelo agudo y puntilloso que va de la imaginación a la palabra, sin el más mínimo derramamiento de sangre.

        También las barras de seguidores y furtivos correveidiles de junglares crecieron allí en su capacidad de fabulación, al azuzar con inventos y exageraciones de vereda lo que cada músico terminaba cantando sobre el otro, en respuesta a lo que aquellos mismos correveidiles le habían dicho que el otro cantaba sobre él.

        La palabra une, la música ennoblece, domestica. La metáfora protege la vida, mete en un juego el impulso depredador de la muerte. Aquella rivalidad legendaria de Emiliano Zuleta con Lorenzo Morales, contendores que por lo demás tuvieron siempre un rostro, no convirtió jamás la maravilla de su caudal de palabras en moretones de golpe siquiera, ni heridas de bala, ni se trasformó con el tiempo en un odio descarnado de familias que buscaran extirparse de la faz de la tierra. No. Emiliano y Lorenzo siguieron trasformando esa pugna suya, más allá del juego creativo de sus mentes, en una admiración compartida, un respeto mutuo y un compadrazgo cercano al amor, que sembró en la memoria y la conciencia de sus pueblos, semillas de arte y tolerancia, para que también después de ellos, ahora, por ejemplo, la vida pudiera se menos trágica.


2002
         

             Heriberto Fiorillo.  Periodista, guionista y director de cine. Nació en Barranquilla. Estudió periodismo en la Universidad Javeriana, en Bogotá, y realizó un curso de producción y adaptación de radio y televisión en New york, en donde vivió de 1988 a 1994. Su trayectoria en prensa escrita lo ha llevado a  trabajar en diversas publicaciones. Fue cronista, jefe de redacción y subdirector de Cromos, director del suplemento literario y asesor editorial del Diario del Caribe, y colaborador de Semana y El Espectador. Sus trabajos han recibido cuatro premios nacionales de televisión, además de diez nominaciones y otros reconocimientos nacionales e internacionales en periodismo, cine y televisión. 

Tomado del libro Notas Ligeras colombianas. Maryluz Vallejo y Daniel Samper. 

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