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Mostrando entradas de agosto, 2014

Homenaje al bluyín...

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Homenaje al bluyín



Por Eduardo Escobar


El bluyín, una prenda moderna, de lavar y planchar, hecha para aguantar usos y abusos, y cuyo origen se disputan genoveses, judíos y alemanes, liberó el cuerpo inferior del claroscuro de los pliegues y lo reveló en su candidez, poniéndolo en evidencia. Se impuso como otra piel en la feria de la vanidades terrenas. Pero sobre todo, es la exaltación contemporánea del trasero. 
      El bluyín consiguió lo que no consiguieron los grandes pensadores de utopías, los agitadores políticos con sus aspavientos y los místicos con sus paradojas, palabreríos, manifiestos, y constituciones. Fue esta prenda democrática por excelencia, la que objetivó el antiguo anhelo de dar preeminencia a los últimos, a los más humillados y pobres, encargados de los oficios más ruines. El bluyín eliminó las diferencias entre las clases y los sexo, nivelándolos por el culo. No las proclamas ni los discursos de apasionadas razones de los sicólogos de la liberación de los instintos…

Klim en pantuflas...

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Klim en pantuflas 




Por Elvira Mendoza


---¿Qué defectos cree tener del boyacense?
---Que soy incapaz de decir no.
     La afirmación la hace un hombre alto, que se parece un poco a los retratos del Greco. Un rostro delgado, una chivera bien cuidada, unos ojos grandes que miran condescendientemente. Porque ese hombre, "que no sabe decir no", es Klim, el famoso humorista. Y porque no sabe decir "No" aceptó que lo entrevistáramos. Después (muy en boyacense) empezó a dar explicaciones, a postergar la fecha de nuestra cita, a tratar de que fuéramos nosotros quienes dijéramos "No".
      A las seis de la tarde llegamos a un lujoso edificio. En un quinto piso silencioso aparece el apartamento de Klim. O mejor, de Lucas Caballero Calderón. En el salón, muebles cómodos en verde, una repisa llena de porcelanas, un gran ventanal por donde se asoma el Paruqe de la Independencia con su paisaje siempre verde. Todo habla de sobriedad, de buen gusto, de distinción, de orden. N…

La mujer del café San Moritz...

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LA SOMBRA DE LA INQUILINA




Por
Estefania Almonacid Velosa

Hilda sabe que si la casa se destruye moriría. Pero aún le quedan fuerzas, las mujeres siempre mueren de últimas, ella no será la excepción.       Los que transitaban por la Callejón de los Libreros en la calle 16 podrán afirmar que existe el Café San Moritz. No es un lugar fantasma como lo hacen creer la ausencia de datos en los documentos bibliográficos. Existe a pesar de que los hombres que visitan el lugar tengan el aspecto de naturaleza muerte con sombrero y periódico.       La naturaleza dentro del San Moritz se vuelve salvaje, los hombres me miran como la intrusa en una reunión masculina. Aparece Hilda Vásquez, propietaria del lugar junto a su hermano David.         La veo en las esquinas oscuras, limpiando las mesas de un rojizo desgastado, sirviendo el café en la máquina marca Faema traída de Milan en los años 30. Ahora está haciendo cuentas en la caja, desaparece y regresa con la seriedad que la caracteriza.  A  veces solo …

El Bolero...

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EL BOLERO




Por J.G Cobo Borda
La más esplendida supervivencia de la tragedia griega

Soy un adicto a los boleros. Una confesión de esta índole, en momentos en que las adolescentes desfallecen por John Travolta, es un síntoma indudable de vejez. Pero si por una parte me considero abanderado ferviente de la modernidad --los poetas deben andar en Renault 6 y cantar la belleza funcional de los supermercados--- por otra el reaccionario que también me acompaña mira hacia el pasado y añora ese tiempo feliz en que hombres y mujeres sufrían musicalmente: "amar es empapar el pensamiento en la fragancia del edén perdido".
     El falaz consuelo de saber que Ernesto Guevara, en las montañas de Bolivia, leía a Pablo Neruda, ese autor de boleros "ebrio de trementina y largos besos";  "la boina gris y el corazón en calma", no es suficiente. En este, como en otros asuntos de vital importancia, tampoco la ideología da la talla. Lo peor es que dicho vicio ---" el vicio de q…