El destacado del domingo...

LOS RELOJES

Pintura de Salvador Dalí

Por Álvaro Bejarano

      Los relojes pierden el tiempo, dijo Luis Vidales en su momento cenital como poeta mayor de Colombia. Otros más hablaron de la clepsidra del tiempo. No hemos logrado entender por qué los humanos tienen semejante preocupación por el desgranar del tiempo "si con el nacer solo buscamos un sitio que la muerte no señala". 

       Aquí en las pocas veces que abrimos la radio escuchamos entre atónitos y sorprendidos que nos dicen qué hora es en diferentes ciudades del mundo como queriendo con ello conectarnos con una realidad circundante. ¿Si nuestro pueblo vive matinalmente la angustia de su vida desamparada, para qué infiernos le importa saber qué hora señala el reloj de Moscú o de Berlín?

     Es el tiempo quien nos vive y como eso es un desleírse hacia la muerte, la mejor prefiguración del tiempo es la que nos dio en sus desdoblados y desajustados relojes el gran histrión catalán que es Salvador Dalí. Los relojes del catalán universal se desgonzaban en un vano empeño de cobijar la soledad del tiempo.

       Aquellos relojes se estrechaban como la cintura de la mujeres imposibles y goteaban las horas que se iban en fuga irremisible.

     Los otros relojes que por absolutamente silenciosos fascinan nuestra visión del tiempo, son los de arena que gotean las construcción que nunca pudo consolidarse con esas arenas agarradas a la orillas de un mar que se devora el tiempo. 

    Si el tiempo valiera la pena no debería ser medido. Por ejemplo, un niño que vive su mundo elemental de ensoñación nunca sabe qué hora señalan los relojes. En ellos está la felicidad de su existencia . Los relojes se hicieron para medir las angustias, por ejemplo la del condenado a muerte que mira mientras agoniza en vida, la agónica manera de correr las manecillas del reloj.

    ¿Y para qué las manecillas? ¿Para qué sirve una mano que nunca ha de estrechar otra mano? ¿Quién inventó ese término absurdo? Sin duda alguien que entrelazó la suya con otra mano enamorada.

     Pobrecitos los relojes que no se dan cuenta que marcan la hora del amor, la hora de la amistad, la hora de la entrega, la hora de la esperanza.

     ¿Quién bautizó su ruido como el tic-tac?  Sin duda fue alguien que no escuchó jamás el vasto rumor de la sangre prisionera que clama por salir y expresar en vida, en vida que será medible. Sin lugar a dudas los relojes pierden el tiempo. Todos los tiempos fueron perdidos porque lo que realmente vive está más allá de la esclavitud de los relojes. ¿Qué le importa al enamorado saber la hora que precede al beso tierno? ¿Qué le importa a la parturienta esperanzada la hora o el minuto en que sale al mundo su tierno mamoncillo?

     Qué horror son los relojes. Son esclavistas sin látigo. Carceleros sin llave. Bedeles sin ojos. Cantores mudos. Oidores sin oídos. Los relojes pierden el tiempo.

      Por ejemplo, son las cinco de la madrugada cuando escribo esta nota. ¿Para qué me sirve el reloj? Para comprobarme que estoy esclavizado del tiempo. De un tiempo que no podré buscar como Marcel Proust, porque estoy satisfecho de haberlo perdido. Satisfaga la vida que se hizo a sí misma en amoroso enlace sin saber qué hora es. 



10 de octubre de 1974, 
Redes y vientos, Cali, Universidad del Valle, 1978.

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