Soy zurdo, a mucho honor...




Por Óscar Collazos

Tomada de  www.diatribasdeumbertocobo.com

     Soy un zurdo contrariado. En mis primeros años de escuela me obligaron a escribir con la derecha. Y lo hicieron a punta de golpes con el filo metálico de la regla cada vez que cogía el lápiz con la izquierda. La letra con sangre entra ---decía uno de los más inhumanos mandamientos de la pedagogía de entonces---. Me volvieron diestro, pues se pensaba que ser zurdo era lo peor que le podía ocurrir a un futuro hombre de bien.

        Me volvieron diestro en la escritura pero no pudieron controlar el resto de mi sistema nervioso. Era y soy zurdo para todo, para los deportes, para los puñetazos de barriada, para orientarme. Creo que sigo actuando como zurdo en toda actividad que reclame esfuerzos musculares, incluida la cama y la mesa: cambio la distribución de los cubiertos y paso el cuchillo a la izquierda; pido que el cuerpo femenino acepte mi condición de zurdo, porque así se requiere menor esfuerzo gimnástico y se consigue mayor eficiencia amatoria. Los diestros que me ven cortar la cebolla creen que me voy a mochar un dedo. Se equivocan: solo pretendo mocharles su arrogancia. 

         Durante mucho tiempo me avergonzó no poder usar ese cuchillo que en los buenos restaurantes destinan para el pescado y los mariscos, una tiranía de los diestros, últimamente remediada en restaurantes de gran vuelo. Me sigo haciendo un lío con las tijeras, pero sé que ya las están haciendo para esa inmensa minoría de zurdos que reclamamos atención a nuestros derecho. Como el estudiante de Barranquilla que acaba de ganar un tutela en la que exigía que los pupitres también fueran para los siniestros. 

         No sé si tenga ventajas ser zurdo. Serlo nos volvió diferentes y, por lo mismo, discriminados, personas que por las buenas o las malas debíamos tomar el camino de los diestros. Ser zurdo era una desviación, una anomalía de la naturaleza. Los zurdos solo éramos bienvenidos en algunos deportes: en el baloncesto o el fútbol, sobre todo. Los zurdos éramos los negros o los maricas del paseo. 

        Los zurdos tuvimos que asumir esta condición como una seña de identidad incanjeable, expuesta a exclusiones pedagógicas. Por mi parte, rechazo el cuchillo marisquero de los restaurantes y exijo que me traigan un cuchillo normal. Hoy es menos anormal ser zurdo, como lo es ser homosexual o negro. Pero nos falta mucho para conquistar el reino de los cielos, que sigue siendo de los diestros, que son siniestros cuando se las pican de exclusivos. 

         ¿Por qué de diestro salen objetivos que denotan habilidad superior? ¿Por qué lo izquierdo es también llamado siniestro? En el lenguaje empieza el guiriguiri, se hacen los chistes contra los judíos, los negros, los árabes, los maricas y las mujeres, metáforas del zurdo obligado a volver al redil. 

            Soy orgullosamente zurdo hasta para pensar. A eso atribuyo mi espíritu de insubordinación. Vivo con un letrero que dice: Prohibido girar a la derecha. Gracias a esta norma, no puedo repetir con Goethe que prefiero la injusticia al desorden. Un filósofo bizco (Sartre) me enseñó que todo desorden es la voluntad de un nuevo orden. Un personaje de Shakespeare, jorobado y feo (Calibán), me recordó que el lenguaje del opresor puede ser también herramienta del oprimido.



El Tiempo, 6 de diciembre de 2001.


Óscar Collazos nació en Bahía Solano en 1942. Escritor dramaturgo, narrador, ensayista, colaborador de numerosas publicaciones nacionales y extrajeras. Ha publicado varios títulos de novela y cuento, y en el 2002 recibió el Premio de Periodismo Simón Bolívar a la mejor columna. Sus columnas han aparecido en El Espectador, y El Tiempo. En este último diario escribe cada semana "Quinta columna". Es autor de varios libros de crónicas y novelas. 

Tomado de Antología de Notas ligeras colombianas. Maryluz Vallejo y Daniel Samper.



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