jueves, 26 de marzo de 2015

Un literato en la barra

     
   
Tomada de El Espectador
      Mi primer encontrón fuerte con la música afrocaribe se produjo cuando conocí a Dora en Bogotá, en 1970, y después a mi familia política, que en aquella época vivía en Tuluá. Antes yo había oído música clásica, jazz, rock, rancheras y baladas, no siempre en ese orden, y casi nada de "música caliente"  de ninguna especie. Conservo, sí, un recuerdo de infancia, en Medellín, una vez que sonó en la radio "Virgen de medianoche" y mi mamá comentó que le gustaba mucho Daniel Santos. La imagen me quedó tan marcada porque ella era una señora de buena familia en Manizales y nadie hubiera pensado que le gustaba el Jefe. También oí a Celia Cruz cantando "Burundanga" un domingo en que íbamos mi papá, mi mamá y yo en el automóvil para la finca de mi tía Ligia en La Estrella. Yo tenía tal vez siete años. Mi mamá no comentó nada esta vez, pero ni ella ni mi papá movieron el dial del radio. La canción me pareció muy cómica. 

          Trece años desúés conocí a Dora, y la música del Caribe me llegó con todo su poder y todo su volumen. Dora me hizo oír a Celina y Reutilio, los Matamoros, Oscar D León, Lavoe, Beny Moré y muchos otros, y cuando fui a Tuluá, a conocer a la familia, supe lo que era bueno en esto de la salsa. Ella bailaba muy bien, pero sus hermanitos eran verdaderos virtuosos. En la casa había dos parejas bien establecidas: Marta y Julián, y Hernán y Adriana. Y bailaban en la sala  con el muy buen sonido de un estéreo que había que manejar con cuidado, pues tenía corto y daba corrientazos. Lo primero que les vi bailar fue "Sonido bestial". Una belleza. Nada de acrobacias. Baile de pareja, con todas las filigranas del estilo del Valle del Cauca, pero sin perder nunca la serenidad, sin alardes. Muchas, mucha armonía, una facilidad total. Marta tenía 17 años, Julián 16, Adriana 14 y Hernán tal vez 13. Producía alegría ver a "los muchachos", como los llamaba Dora, ganas de aplaudir y hasta de bailar. (En esta vida ingrata yo solo he podido bailar con ella, que sabía descifrar mis torpezas y no dejaba que la enredaran).

         Por esos días estuve a punto de que me gustara la salsa. 

       Regresamos a Bogotá y seguí oyendo mi música clásica, mis baladas, mi jazz, y ahora rock, que a Dora le encantaba, y además Matamoros, Celia, Rolando Laserie y algunos otros caribeños que había aprendido a apreciar. Estaba escribiendo un libro de cuentos y otro de poesía, libros que terminé y boté a la basura. Pasaron algunos años. Ella terminó la carrera y empezó a trabajar en el Dane, mientras yo seguía escribiendo y botando a la basura. Nació Lucas, nuestro hijo. Pasaron otros años. En nuestra casa sonaban Richie Ray, Bob Dylan, Rolling Stone, Lavoe, Beatles, Beethoven, Keith Jarrett, Paco Ibáñez, Amanda Miguel, Janis Joplin, Sandro de Amperica, Serrat, Aznavour, Gilbert Bécaud, Bach, Matamoros, Alejo Dirán, Crosby, Stills & Nash, Matilde Díaz, Pérez Prado, Jorge Zalamea con El gran Burrundún Burrundá ha muerto,  Nelson Ned, Erik Satie, Chavela Vargas, Edith Piaf, Carl Orff, Pedro Vargas, Oscar d León, Cat Stevens, Neruda con Alturas de Macchu Picchu, Henry Fiol, Mozart y, sobre todas las cosas, y hasta el agotamiento de los adultos, la Sinfonía inconclusa en La Mar, de Piero, que le gustaba mucho a Lucas, así como una canción que hablaba de que la iguana tomaba café a la hora del té.

         De esa manera llega el año 1978, cuando se inauguró El Goce Pagano en la 13 A con 23 de Bogotá. Hace poco en una entrevista traté de recrear los difíciles comienzos de la discoteca. Corto y pego: "Recuerdo una de sus primeras noches de funcionamientos, en el 78, tal vez dos días después de su inauguración. Estábamos en el sitio Dora, Gustavo Bustamante (el dueño del El Goce) yo y nadie más. La única persona que entró durante mucho tiempo, digamos tres horas, y ya a eso de la una de la mañana, fue un vendedor de papas rellenas. Las traía en una ollita con un frasco de ají, su respectiva cuchara y un paquete de servilletas. El hombre, muy limpio y delgado, tenía una mezcla de desvalimiento y capacidad de resistencia que a Dora, claro, conmovió mucho. Además, parte nuestra  por los clientes que pudieran llegar. Le compramos papas, les pusimos ají, usamos la servilleta. Después El Goce tuvo enorme éxito, y había noches tan abarrotadas que en cierto momento no habría cabido el mencionado vendedor, a pesar de lo flaco, así viniera sin la olla no el ají".

          Los meses durante los cuales trabajé como cantinero-administrador fueron de noches abarrotadas. Lo más parecido a El Goce un sábado por la noche durante esos mismos años eran, en cuanto a abarrotamiento, los buses de transporte público en la Caracas a la altura de la calle 50 a las cinco de la tarde. Difícil entrar y casi imposible salir. Al inicio de la noche yo hacía fuerza para que no viniera mucha gente-los trabajadores con salario fijo así-pero, mis deseos nunca se cumplían. El sitio se llenaba, primero de gente, después de humo, y en algún momento me tenía que tomar algunos aguardientes para mantener el ritmo y la tranquilidad en la barra. 

         Las tres indicaciones que me dio Gustavo antes de posesionarme fueron: 1) poner los billetes de denominación alta en el centro del fajo y los de denominación baja en su exterior, con el fin de que no pareciera que había mucha plata; 2) poner en el bolsillo derecho del pantalón el fajo de billetes que se usaba para devolver, y en el izquierdo el que hacía de caja mayor; 3) tratar de no enlagunarse, para evitar los "tumbis" en la barra y los atracos en la calle. 

          A dos años de cumplir la edad de Cristo estaba yo en esas. Me sentía muy poco exitoso en la vida, pero me la estaba gozando, más o menos. El éxito y el fracaso son cuentos chinos que inventan las autoridades para jodernos la vida. Mi amor por la salsa no aumentaba, en todo caso, pues la música no me dejaba oír los pedidos ni lo que estaban diciendo los amigos que se sentaban a hablar la barra. Yo trataba de entender lo que explicaba el profesor Rubén Jaramillo, por ejemplo, y Lavoe dale con su "Che che colé". O trataba de oír lo que decía Roca, siempre con sus malabares, y solo le alcanzaba a distinguir la sonrisa sesgada y la lucecita en los ojos. Con tragos el hombre empezaba a driblar con el lenguaje al que se le atravesara, como un centro delantero engolosinado que bailara a los marcadores de línea cuando se le acababan los defensas, bailara a la bandera de córner, bailara a dos o tres espontáneos y se devolviera para driblar de nuevo a los defensas, ya de regreso con la esférica otra vez hacia su propio terreno. 

       ---Tú eres solo retruécano y chascarrillo--- le dijo una vez Rubén desde su altura. 

      ---Chascarrillo, pero sencillo.

      ---Y amabilillo.

      ---Como un ladrillo.

      ---Jejejeje.

      ---¡Imbéciles!

           Todo eso pasaba ya después de cerrar, claro, cuando se podía oír lo que se conversaba en la barra. No siempre era fácil cerrar, dicho sea de paso, pues todo el mundo estaba exaltado con tanta conga y tanta clave, pero un golpe de Bach o del lúgubre Miguel Hernández en voz de Serrat hacía que fueran a los dos o tres borrachos recalcitrantes que quedaban, cerraba la puerta y empezaba la conversación entre los amigos. Él mismo no es ningún lisiado para el chascarrillo, así que la cosa era ágil y al primer toque. Guillo González también andaba muchas veces por ahí, con los ojos rojos y sonrisa cálida. Alguna vez estuvo César, del mismo nombre, en ese entonces socio del lugar, y que tenía su genio. Y Hernán Darío Correa, ágil también y con la ventaja de sus carcajadas grandes. (Así, cualquier, diría un envidioso). Néstor, el portero, metía la cucharada si el tema no era demasiado culto, y no lo hacía mal. Néstor era muy flaco, pero tan capaz de neutralizar a un revoltoso como cualquier bouncer levantapesas de alguna discoteca comercial, y eso era porque se tenía confianza y me quedo corto. Y Jairo, no recuerdo el apellido, un muchacho de Tuluá, precisamente, que ayudaba en la barra o hacía de disc-jockey según fuera necesario, era especialmente fino en sus intervenciones.

       Mi disfrute de la salsa se producía, pues, cuando se acababa la salsa y empezaba la tomadura del pelo. Claro que a veces el asunto no era a punta de chascarrillo ni de retruécano ---sin olvidarnos del calambur--, sino que se presentaban, o por lo menos se proponían, discusiones serias. ¿Qué tenía de pagano todo esto? ¿Qué entiendes tú por "pagano"? ¿Quieres decir, Gustavo, que en este sitio la gente es politeísta?

        ---¿Politeclistas?

         --- Polibailarinista.

         ---Un putas vos, pronunciar eso.

         ---¡Estos güevones sí gozan barato!

        ---Poligocista.

       ---Polibaristas.

      Por último salíamos, yo agarraba taxi, haciendo todo lo posible para que no me atracaran, pues estaba borracho y llevaba un fajo de billetes, ordenados como ya se dijo, en cada bolsillo, y me iba para mi casa. A las ocho de la mañana, con dolor de cabeza y una botella de cerveza muy fría, me sentaba en el escritorio a trabajar en Primero estaba el mar. Y a las dos y media de la tarde consignaba los billetes en la cuenta de Gustavo, del Banco de Colombia. Así, durante más o menos ocho meses, bastante alcohólicos, fui administrador, cajero, cantinero y escritor. Terminé la novela. A Dora le gustó mucho y se la pasó a Gustavo. A él también le gustó y tuvo la idea de publicar para celebrar el quinto año de fundación de El Goce. Dora, Gustavo y otros amigos pusieron la plata para sacarla. 

         Cuando terminé Primero estaba el mar dejé de trabajar en El Goce y me fui con Dora y Lucas para Estados Unidos. Vivimos en Miami tres años con mi familia política, que se había venido de Tuluá, y durante ese tiempo mis cuñados bailaron salsa con el virtuosismo de siempre en las muy numerosas fiestas que se hacían en la sala de la casa de la avenida 79 del South West. El volumen era alto y una vez llegaron, sonando con todas sus sirenas y alumbrando con todas sus luces intermitentes, dos radio patrullas que parecían de Miami Vice. Dos policías hablaban por el radioteléfono desde las radiopatrullas, que tenían la puerta abierta como en las películas --"Blahblahblah... ¡Over! Ghmghhaeghblaghblá... ¡Over!--, y otros dos en el portón de la casa hablaban en inglés con mi suegro, que no sabía ingles, pero era extraordinariamente simpático, mientras las caras de los tres se ponían rojas y azules. La solución que dió la policía misma fue cerrar la casa y poner el aire acondicionado, que en Miami es más hermético que las pirámides y no deja escapar sonidos, ni siquiera el de las trompetas.

         Cuando terminé Para antes del olvido nos fuimos para allá para Nueva York.

          En Nueva York una vez oí a Lavoe en el Village Gate desde una mesa que estaba a dos metros del cantante, cosa que le conté después a todo el mundo, hasta ponerme pesado. Otra vez no me dejaron entrar al Palladium, en la 14, porque iba de tenis. Otra vez fui a oír a Chocolate Armenteros en una casa cultural cubana que quedaba en el Barrio. Otra vez Dora fue a oír a Fiol y trajo un autógrafo que puso en un álbum y yo ahora conservo en alguna parte. Se pusieron de moda Eddie Santiago Y Frankie Ruiz, y sonaron hasta la naúsea en el Bajo Manhattan, y con ellos se impuso la pegajosa y viscosa "salsa catre". En las fiestas mi amigo Jaime Apráez gritaba:

        ---¡Fuego en la piel!

         Esa ha sido, expuesta de manera a la vez y breve, mi historia con la salsa. 

         Aquí en la finca donde vivo ahora pongo a Lavoe y a Fruko y sus Tesos muy de vez en cuando, pero a mucho volumen, y suenan bien entre estas montañas de vegetación exuberante.

       Cuando suenan ellos ya no se oye el río. 




Escrito por: Tomás González.
Tomado del libro ¡Fuera Zapato Viejo!
Crónicas, retratos y entrevistas sobre la salsa en Bogotá. 
Mario Jursich Durán. Editor. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada