jueves, 8 de octubre de 2015

Diatriba contra estar enamorado



       Ortega y Gasset definió el enamoramiento como “un estado de imbecilidad transitorio”. Tenía razón.



Fotografía de Edouard Boubat
Jardin du Luxembourg, Paris


         Pero enamorarse es también una enfermedad que nos cae de repente, como una gripa o un cólico miserere. Con una atroz diferencia: mientras estos males no duran sino horas, el enamoramiento nos puede durar semanas, meses y, ¡Dios no lo quiera!, años. El mal puede atacar en cualquier lugar: en clase de Cálculo o en misa, en TransMilenio o en casa del mejor amigo —y más vale que el enamoramiento no sea de la mamá— y hasta en el laboratorio médico, mientras esperamos con la muestra del coprológico en la mano. 

        Una mirada o un tropezón y ya está. Desde ese momento uno o una —para ser fiel a la gramática de Petro y Maduro— queda convertido en otro o en otra. Digámoslo claro y en argot callejero: desde ese momento usted está llevado del putas. El primer síntoma será la pérdida de concentración, que de inmediato va a desencadenar otras pérdidas: la amistad del amigo, por ejemplo, si es que este se entera de que la traga del momento es su mamá; y la del sentido del ridículo, la del sentido común, la de la objetividad, el orgullo y hasta la del instinto de conservación. O si no, pregúnteles a Romeo y Julieta. 

         Si usted está enamorado de un ser inalcanzable, desde el amanecer su única ilusión será toparse con el oscuro objeto del deseo. Por tanto, se va a bañar, a perfumar y a vestir pensando en ese momento. Y a deambular todo el día como un sonámbulo esperando la repentina aparición. Y cuando esta se da, una de dos: o usted huye antes de que el otro alcance a oler la fragancia que para él se puso, o saluda muy parlanchín, pálido y con las axilas empapadas, mientras balbucea toda clase de lugares comunes sobre el clima. Eso sí, fijo: a la una de la mañana se despertará, iluminado por la genialidad que habría tenido que decir. 

          Si tiene suerte y conquistó al ser inalcanzable, tema: corre el riesgo de comprar —y hasta de leer— la obra completa de Benedetti, de despertarse cantando Quién de Ricardo Arjona o de empezar a escribir acrósticos. Y como el yo tiende a diluirse, si está enamorado de una bióloga puede terminar apasionándose por las condiciones de cultivo del ñame o trepando por las piedras de Suesca, aunque sufra de vértigo, porque su amado es alpinista. Pero no hay que remontarse a cuestiones épicas: cuando menos lo piense usted puede verse a sí mismo acompañando a la mamá de su novia a la iglesia del Divino Niño, ayudándole al hermanito a hacer una ciudad de plastilina o hablando con el abuelo de las Guerras Púnicas. Seguro que el olor a sobaco del otro le parecerá afrodisíaco y las medias rotas, una ternura. 


        También es posible que le dé por comprar desde chocolates hasta osos de peluche, pasando por libros de fotografía —carísimos— con tal de sacarle al otro una sonrisa, aunque luego no pueda pagar el arriendo. De repente comprenderá que en el clóset no hay nada que valga la pena y, sobre todo, que hay que reemplazar urgentemente toda la ropa interior. Fue lo que le pasó a la pobre Madame Bovary, que se endeudó comprando vestidos cada semana, aunque bien sabía que se los iba a quitar apenas entrara a la pensión de Rouen. 

           Y ay, Dios mío, si el otro nos bota y entramos en tusa. Qué odio el que se siente cuando el que llama es la mamá y no el amor de la vida. Porque para ese entonces, ya ese será “el amor de la vida”, y nunca, nunca volveremos a querer igual. “Pero usted qué le ve” es una pregunta que pueden llegar a hacerle sus amigos, extrañados de su elección. ¡Como si usted estuviera en capacidad de ver! Que esa sombrita tan sexi sobre el labio era en verdad un bigote solo lo comprenderá cuando haya vuelto a un estado de normalidad y se encuentre a su exnovia unos meses después. Y se pregunte qué carajos le podía estar pasando cuando se enamoró de ella. Entonces, alégrese: otra vez usted habrá vuelto a ser como los otros, esos que tienen los pies en la tierra, los mismos que de vez en cuando suspiran por volver a enamorarse.



Escrito por Piedad Bonnet
Revista Soho 



 (Amalfi, Antioquia, 1951) es licenciada en Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes y profesora de esta Universidad desde 1981. Tiene una maestría en Teoría del Arte, la Arquitectura y el Diseño en la Universidad Nacional de Colombia.

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