De pasteles y otros recuerdos...


       La última cena puede ser un pastel de masa negra, con almendras, cubierta con crema de leche y adornado con fresas. Aún tibio, dividido en el trozo de la celebración, el olor se contagiaría mientras las lágrimas corren por las mejillas que aún rememoran las manos de una mujer que quería hacer especial un momento.

         Es así como los pasteles se vuelven importantes en tu vida y llegas a la casa con el calor del día  entre las costillas, preparas los ingredientes, luego el delantal y empiezas la alquimia de los días de descanso.

       “¿Por qué si no es el cumpleaños de nadie? ¿Por qué un ritual? ¿Qué preparan las mujeres cuando están solas?”, dijo la señorita M, a quien no le contesté.

          Entonces veo la vitrina de las pastelerías del centro y de los pequeños cafés de las librerías y soy parte de esa mujer que fue mi abuela, quien me preparaba el pastel al medio día mientras escuchaba la estación de radio que aún sintonizaba la nostalgia del melómano. Me detengo como un mendigo a mirar los colores apacibles que rondan los chocolates que se derritieron en la boca.

       “Primero los huevos, harina, esencia de chocolate, colorante de caramelo, la levadura, pizca de sal, trozos de nueces; y revolver con la paciencia de quien hace una escultura para hacer feliz el cuerpo adentro”, me contó la señora H, ella por la que suspiro y lloro al hacer un pastel... mi abuela. 

         Menos mal que pocos disfrutamos ese momento a solas en la cocina o nos sentamos en un rincón a tomar capuchino con un trozo de pastel: el inicio de todo desasosiego. Y me gusta que nadie llame, que las ausencias se celebren en el silencio paquidermo y que las manos no esperen con la ansiedad del pasado de una cita acordada.

          “El de tiramisú, la tartaleta de agraz, el volcán de chocolate, el pudin de limón y las galletas de avena... esos son mis preferidos”, pronunció el señor F, mientras escogía los postres en el salón de onces La Florida ubicado en el centro de la ciudad, que llevaría a su familia.

         Llega la cara de lunes y lejos el descanso para escribir un poema en vez de una lista. No habrá nadie en casa y el gato se tornará entre las pantorrillas mientras lame las gotas de harina del suelo. Ya está el molde y el horno caliente, espero media hora para que la casa empiece a oler a encuentro familiar.

       “Las abuelas hacen los mejores pasteles, por eso hay que aprender a hacerlo para que nunca se olvide que el amor puede comenzar por el paladar”, dijo la joven F, quien siempre sueña con el encuentro inesperado.

      Por fin llega el día de todos los años, el día en que no hay excusas ni hay que dar explicaciones para celebrar que es 'martesmente', el momento de cantar el cumpleaños y celebrar que en las tardes deseamos estar en un café con una libreta y un lápiz en mano, sin que haga falta el postre para  estar pensando en una mujer.   


Escrito por Estefania Almonacid V.
Diciembre 2015
                                                                                     

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