El destacado de la semana...


ESTÁ PARA LA FIRMA

Fotografía de Abú El Jaieck.  Germán Arciniegas.

Por Germán Arciniegas 

    Cuando recibo una carta, invariablemente pienso en contestarla. Pero no es que no lo pienso así no más. Yo medito la respuesta hasta en sus detalles más íntimos. Peso cada palabra para resolver, por ejemplo cuál ha de ser el tratamiento más adecuado: si digo muy señor mío, o querido amigo, o, sencillamente, Roberto. Esto último me agrada. Luego escojo los temas que puedan interesar a mi corresponsal, mido los párrafos  firmo unas veces. G. Arciniegas, otras Germán Arciniegas, o si no, G. Esta G simplísima me parece un bello toque de amistad. En fin, que hago una carta perfecta... pero una carta que jamás escribo. Cuando llego a mi escritorio, inconscientemente vuelvo un bodoque el papel que voy a contestar y lo arrojo al cesto. Una semana después tengo tan presentes los detalles de mi respuesta, que dudo entre si la escribí o no la escribí, inclinándome al primero entre estos dos términos de la duda. He aquí por qué mi peor enemigo es mi propia imaginación. Por eso soy tan inútil e ineficaz.  Pienso una cosa, la redondeo, la acaricio, la pulo, y luego, como si ya estuviera hecha. Yo hago la parte más larga y difícil del camino. Pero dar el último paso, convertir tanta idea excelente en un hecho sencillo, es un anhelo que jamás se me cumple. Vive en el aire. En el infierno de una imaginación que no se aplica, como dirían los prácticos.

     Lo grave es no ser yo, en esta república virginal, la excepción sino la regla. Todos los colombianos vivimos en el aire. Alelados, casi idiotizados de idear tanto y realizar tan poco. Si cada año, en vez de reseñar los libros que se han publicado, reseñáremos los que no se han escrito, tendría este país una de las bibliografías  más copiosas del mundo. Es infinito el número de mis compatriotas que tienen que levantarse a las siete de la mañana. Ellos arreglan su despertador para las seis y media, suena la campana, dan un saltito de sobresalto, se frotan los ojos, tiran las cobijas, se sientan al borde de la cama, lo piensan breves instantes, abren la llave del agua, humedecen la brocha, oprimen el tubo de la crema, se enjabonan el rostro, se rasuran, se lavan, se peinan, apresuradamente se echan encima las ropas, toman el desayuno a soplo y sorbo, vuelven al espejo, perfeccionan el nudo de la corbata, se tiran a la calle, pasa una hora, pasan dos horas, y no han salido de entre la cama. Esto es lo que se llama una pesadilla. Son las nueve. Y el colombiano que se levantó y luchó y se desesperó por ser cumplido mentalmente, en realidad sólo viene a dejar el lecho cuando ya el tren está a cuarenta kilómetros de la ciudad.  

    Consuélense mis conciudadanos pensando en que a Bécquer le ocurría lo propio. Este poeta turulato escribió alguna vez: "Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos, nombre y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con días y mujeres que no han existido sino en mi mente". Digamos, pues, que no somos imaginativos sino becquerianos, con lo cual mejoraremos de escuela, y digamos que toda Colombia es becqueriana o turulata. Porque ¿habrá nada más becqueriano que un Gobierno en Colombia? ¿Ha sufrido usted, lector mío, lo que en buen romance aquí llamamos está para la firma?

    ¿Recuerdan ustedes lo que le pasó a mi amigo Jaime Barrera? Jaime se fue para Génova, y no se fue. Fue nombrado Cónsul, y no lo nombraron. El Ministro resolvió designarlo para el cargo, fijó el sueldo, señaló los viáticos, pero no resolvió, ni fijó, ni señaló nada. El derecho estaba, pero estaba para la firma. Y así pasaron, como en la fábula, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete semanas. Hasta que un teatro se desplomó sobre Jaime, y Jaime murió estando ya para la firma.

    Y todo en Colombia está para la firma. Hecho, resuelto y convenido. Y nada. Que al menos, la república idealmente es perfecta. Es la república ideal. Este es un título que nadie nos arrebatará. Lo demás, que lo firme el diablo, que lo hagan los prácticos. Hay que valorizar el trabajo intelectual. Ahí está Bécquer.



El Tiempo, 28 de febrero de 1936




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