El destacado de la semana...



EL SOLTERISMO

Tres mujeres/ Puerto Rico/ 1950 Ca. Leo Matiz


Por Sofia Ospina de Navarro


    Si alguna posición hay ahora cómoda para la mujer es la del solterismo. Los antiguos prejuicios sociales se declararon vendidos ante su ansia de capacitarse por medio del estudio para poder pasar del ambiente familiar al consultorio, al almacén, o a la oficina. Resolución que llega acompañada de cierta amplitud económica que le permite vestir lujosamente, viajar y distraerse con mayor facilidad. Y no puede negarse que todo eso eleva su nivel personal. 

    Sin embargo, a pesar de sus ventajas, ella no ha perdido aún el sentimentalismo propio de su sexo, y desea también hallar un buen marido y llegar a tener un hogar propio. Pero ocurre que a las estudiosas parece que les hubiera faltado algo importante y es el haber tomado un curso sobre amor que les hubiera enseñado el experto manejo del sexo masculino porque en esa difícil materia marcha bastante mal la mayoría. 

    Las muchachas modernas no quieren convencerse de que resulta contraproducente el insinuarse demasiado en las relaciones amorosas. Y en su empeño de buscar marido resuelven llenar la red de pretendientes, que nada prometen, o que si prometen no cumplen. Ignoran también que los hombres son alérgicos a las exageradas manifestaciones del amor; y no saben que a las mamás de sus candidatos les aburre la persecución telefónica, que no deja reposo ni a sus hijos ni a ella. 

     Ni diremos que los derechos de que hoy disfruta la mujer han echado a perder su dignidad. ¡Dios nos libre de semejante calumnia! Lo único que sí reconocemos es que la excesiva libertad ha menoscabado un tanto la pudorosa discreción de otros días. 

      Se les hace ya imposible a las mujeres someterse a las atrasadas leyes sociales que tenía regulado el amor con tan marcada preferencia para el sexo contrario, ya que al hombre le concedieron el derecho a escoger su compañera definitiva entre un atrayente y numeroso surtido; mientras a la mujer le adjudicaron  el oficio de esperar a los aspirantes voluntarios, con la esperanza de encontrar entre ellos su tipo ideal. 

     Pero quizá sería ya ridículo retornar a la boba pasividad amorosa de antaño, que hacía que las muchachas guardaran sus sentimientos en la caja fuerte.

     Una de mis viejas amigas cuenta con mucha gracia que las responsables de su soltería fueron las monjas de "La Enseñanza": Era tanto lo que nos cantaleteaban el valor de la dignidad y el señorío, que ni nos atreveríamos a aceptar una declaración de amor, porque nos daba pena... Yo tuve un pretendiente muy bueno a punto de cuajar pero, cuando me habló ya en serio, me pareció más digno dejarlo insistir, y resolví darle las gracias y decirle que no pensaba casarme todavía. ¿ Y qué ocurrió? Pues que se voló el cliente, y el "todavía" se convirtió en "jamás".



Tomado de Crónicas, 
Medellín, Susaeta, 1983
     

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