jueves, 21 de mayo de 2015

Labranza bajo la lluvia



Tomada por Estefania Almonacid Velosa




         Eran las seis de la mañana cuando el pueblo estaba desierto. Lo colmaba una neblina que había venido amenazando los últimos días. Las calles tenían un aspecto parco que lucían con el frío intacto de un reloj detenido.

          Amaneció siendo domingo para que el viento abriera a la fuerza las puertas. De ellas salía el olor del caldo hirviendo y del chocolate espumeante sobre mesas decoradas con canastos y panecillos de maíz. Había razones, era día de fiesta.

        Al estar el día en plena expresión llegaron los camiones cargados de verduras y frutas en la plaza de mercado. La mañana suspiraba en cada esquina, el frío se envolvía en penosos rayos de sol, al parecer las estaciones se iban turnando en cada cuadra.  En el parque central de Úmbita llegaban hombres y mujeres con sombrero y ruana impecables, en sus manos cargaban bultos de papa, costales con mazorcas, bolsas de envueltos, frutas, dulces caseros y cañas de azúcar. Alrededor del parque se asentaron en grupos que llevaban el nombre de las diferentes veredas: La palma, Palo Caido, Tambor chiquito, Tambor Grande, Sisa, El Bosque, Boquerón, El Uvero, Alta Misal, Nueve Pilas y  Los Rosales.

Tomada ´por Estefania Almonacid Velosa

           Pequeños mercados conformaban la ofrenda para el santo San Isidro, patrono de los campesinos. En la entrada de la iglesia estaba él, lucía un sombrero, miraba con devoción al resplandor y en su ruana colgaban billetes que le dejaban los habitantes del pueblo, las personas iban llegando, se quitaban el sombrero para rezarle y dejaban colgando el billete y algún alimento.

             La carranga que trasmitían desde una tarima ambientaba la alegría de los allegados. Una carpa de dulces hacían ver definitivo el encanto de la festividad, los niños sonreía, parecían haber comido pomarrosas porque sus mejillas contenían el aspecto rozagante de la felicidad. Correteaban y comían helado, tomaban a sus madres de la mano y entraban a las tiendas pidiendo a gritos golosinas.
         
      Entrando la tarde los campesinos se conglomeraron en la mitad del parque, todos estaban atentos al trapiche que los brazos fuertes de más de cinco hombres movían en circunferencia. Las mujeres ansiosas pasaban la caña al trapiche y miraban con orgullo al sacerdote que con la sotana puesta y la biblia en la mano ayudaba a los hombres a hacer fuerza.  El dulce de caña caía en dos baldes para luego repartirlos en vasos a los que se encontraban acompañando el ritual.

            A las tres de la tarde ya estaba listo el primer grupo musical que tocaría para los úmbitanos. La carranga con mezcla de norteña empezó a sonar fuerte en los instrumentos de seis hombres vestidos de pantalón negro, chaqueta tabaco, botas texanas y el infaltable sombrero de cuero. El público los aplaudía pero ninguno se atrevía a bailar todavía, la maratón de carranga bailable sería más tarde, al parecer estaban ahorrando energías para ganarse los quinientos mil pesos.

          Ya era tarde para el almuerzo, pero cuando es domingo las horas se estiran para que el día parezca más largo. Los restaurantes inspiraban olores de condimentos, gallina y fritos, ya se veían familias enteras escogiendo el lugar para almorzar, otras ya tenían la presa de pollo en sus bocas y agachados en los platos de caldo disfrutaban saludando a personas conocidas. Sin embargo el lugar más apetecido para comer era en Fritanga Doña Amparo. Dos comedores largos, el mesón donde una señora sudaba fritando las papás criollas, la rellena y la longaniza, la nevera de las bebidas y un almanaque de un restaurante de comida oriental, componían el restaurante donde entraba y salían personas con aspecto de satisfacción agradeciendo al mesero que secaba el sudor de su cuello y frente con una bayetilla roja.

Tomada por Estefania Almonacid Velosa

           A las cuatro de la tarde el día dio un vuelco inesperado.  Las tiendas fueron el primer indicio para saberlo, después del almuerzo las personas esperaban caminar para hacer la digestión, pero no se pudo, al contrario, tuvieron que elegir una tienda, pedir cerveza y esperar que la lluvia calmara. Todas los establecimientos alrededor del parque estaban atiborradas de miradas ausentes, una a una las cervezas hacían fila para todo el que entrara.

              Los músicos subían sus instrumentos al carro, la vaca que iba ser subastada esperaba impaciente el llamado, dos niños la llevaban en un lazo y parecían contentos como llevando a su mascota a pasear, el animador era el menos animado, el agua invadió los mercados y las gallinas amarradas en la puerta de la iglesia se mojaban sin piedad. Las ofrendas de cada vereda se fueron subastando, un afortunado podría llevarse todos los alimentos a su hogar, cuatrocientos mil fue lo máximo que dieron y así, poco a poco fue desapareciendo el colorido del parque. ¿Y la maratón? Cancelada. Nadie quería atreverse a bailar en medio de la lluvia. La música se apagó, la tarima quedó vacía, los puestos de artesanía se escondieron y la iglesia cerró sus puertas, quizás San Isidrio no soportó el frío y se fue a dormir.

            Los buses hacía las veredas estaban listos para partir, se oyeron despedidas  y los canastos estaban  llenos. De un momento a otro los camiones arrancaron y el Castillejo, nombre de la gran montaña que se ve desde el pueblo,  extendió sobre el pueblo una bruma intensa ese domingo del mes de mayo en Boyacá.



 Escrito por Estefania Almonacid Velosa
Mayo 2015.

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