viernes, 5 de junio de 2015

La arruga es bella...



        Cuando el diseñador español Adolfo Domínguez impuso en el mercado, hace veinte años, la ropa de lino, transmitió un mensaje subliminal a su distinguida clientela: la arruga es bella . Mató dos pájaros de un tiro: recordó que la perfección del planchado era una convención mandada a recoger y que la arruga, en la ropa y en los rostros, daba un toque de distinción a sus portadores. Mejor dicho, a sus beneficiarios.

Tomada de www.carlosduque.com.co


         El lino y el rostro. Si la calidad del tejido se medía por las arrugas que daban un toque de negligencia al vestido masculino o femenino, esas mismas arrugas, obra del tiempo que pasa por los seres humanos, embellecían como embellece la plenitud de la vida.

        La obsesión por disputarle al tiempo el efecto que causa sobre la piel se ha convertido en la última década en la base de un inmenso negocio de reingeniería estética. Mujeres y hombres acuden al colosal mercado de los cosméticos y a las clínicas de cirugía estética para borrar las huellas que la vida imprime en sus rostros.

        Sin embargo, nada más bello que una arruga o un pliegue. Si nos asumiéramos como seres que envejecemos, la tiranía de la juventud no sería hoy una servidumbre costosa, estimulada por una industria que pretende ponerle zancadillas al paso del tiempo. Los años, que escriben complejos garabatos en un rostro, nos llenan de expresividad y significados misteriosos. Donde no se inscriben las señales que llamamos arrugas o pliegues, nada parece haber pasado ni sucedido. Y esto es precisamente lo que pretende imponer la estupidez de ocultar lo vivido como si fuera la marca del envilecimiento.

         Sabemos que vivimos desde hace años lo que Lipovetsky llamó la era del vacío. Nos vamos vaciando de contenidos para aceptarnos como imagen o superficie. El juego de simulacros que nos impone la cultura del narcisismo, ha vuelto afrentosa la arruga. De allí el afán de borrarla del mapa de los rostros, de allí la impostura de creer que se vive para no dejar huellas ni rastros, que la felicidad efímera o los dolores duraderos no hacen mella en el cuerpo. Nos suponemos inmunes al regocijo de envejecer porque rehusamos acompañar el envejecimiento con la discreta sabiduría que produce aceptarnos como somos.

        Las multinacionales del rejuvenecimiento y los reinados de belleza han impuesto esta nueva servidumbre. El mundo de superficies convertidas en profundas obsesiones hace de las suyas en la conciencia colectiva de nuestro tiempo. La arruga dejó de ser bella porque la belleza de hoy es un uniforme insulso que pretendemos ponernos para estar de moda . Más allá de lo que parecería ser un tema banal, el simulacro de lo joven va dejando víctimas encarceladas en complejos y exclusiones. Los damnificados del artificio renuncian al placer de hacer de sus vidas una obra de arte: vivir de dentro hacia fuera.

        Si se hiciera un inventario clínico del malestar que produce el rechazo a envejecer, nos encontraríamos no sólo con costuras ocultas, ásperas y desagradables, sino las peores costuras de la psique. Los patrones de belleza apuntan hacia el unanimismo. En el afán de esconder señas de identidad que afloran en la superficie, luchamos tenazmente contra el tiempo, pero el tiempo, implacable, hace su trabajo con dedicación de orfebre.


Escrito por Óscar Collazos 

Tomada de El Tiempo
11 de noviembre de 2004



Tomada de www.colarte.com

*Óscar Collazos nació en Bahía Solano en 1942 y murió en el 2015. Escritor dramaturgo, narrador, ensayista, colaborador de numerosas publicaciones nacionales y extranjeras. Ha publicado varios títulos de novela y cuento, y en el 2002 recibió el Premio de Periodismo Simón Bolívar a la mejor columna. Sus columnas han aparecido en El Espectador y El Tiempo. En este último diario escribe cada semana "Quinta columna". Es autor de varios libros  de crónicas y novelas. 


*Tomado de "Notas ligeras colombianas". Selección y prologo Maryluz Vallejo y Daniel Samper Pizano. 

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