martes, 23 de septiembre de 2014

El nadaísta Elmo Valencia...




Elmo Valencia


Eduardo Escobar, Jotamario Arbeláez y Elmo Valencia, en el café El Automático 


Por Gonzalo Arango



     “La fidelidad no es una virtud ni un prejuicio, sino una amistad hacia Fidel”. ---“Camilo no disparó contra los soldados, sino los soldados contra él. La prueba es que lo mataron”. --- “Francois Sagan me dijo en París: si el nadaísmo tuviera importancia, hoy no sería tan importante”. ---

        Elmo Valencia, alias el “Monje loco”, nació en Cali, hace de eso tanto tiempo que ya no quiero ni pensarlo. Hijo de familia de clase media venida a menos. Su único patrimonio era una casita que vendieron para mandar a estudiar a Elmo a los Estados Unidos, lo cual fue un perdedero de tiempo y de plata. Elmo estudió ingenería electrónica en USA, pero después de seis años se graduó de parásito lareado. Hizo sus primeras armas literarias con los Beatniks y en la “Army” norteamericana como “marine”. Su servicio militar lo hizo en el mar, bajo las ódenes del general McKarthur, a quien Elmo recuerda con cariño como “mi amigo Mac”. Aunque es cobarde no se las dio de héroe y por eso está vivo. Políticamente era partidario de las piernas de Marilyn Monroe, más que de la “Doctrina Monroe”, pues Elmo no cree en la Casa Blanca, ni en la Plaza Roja, ni en Rojas Pinilla.

        A los dos años de navegar por cuatro mares, fue dado “ de alta”, o más bien “ de baja”, debido a que Elmo es el nadaísta más chiquito de Colombia: mide un metro con 53 centímetros. Esto no significa que no sea también uno de los más altos valores de nuestra generación.

         Al regresar a su patría después de diez años de ausencia, encontró que el nadaísmo era el movimiento más inteligente del país, después de la violencia, y se dedicó a hacer de la literatura un crimen prefecto.

          A pesar de su inteligencia, Elmo camina como un cangrejo, muy desbaratado, pero tiene fama de ser el bailarín más rítmico de los escritores de vanguardia. Entre otras cosas es un as de copas para el ron y el cha cha chá.

        Los deportes predilectos de Elmo son la pereza y el fútbol. No creo que exista ningún ideal por el que Elmo estuviera dispuesto a sacrificar su vida. Pero hay una cosa por la que Elmo se haría matar: por el “Deportivo Cali”.

         Elmo, a la luz del psicoanálisis, padece el “complejo de Lolita”, descubierto recientemente por el novelista Vladimir Nvokov. Esto es apenas natural si consideramos que Elmo ya está cruzando el río de la vida y acercándose a la otra orillas. Pero para ser justo con él, tengo que reconocer que posee el espíritu más juvenil, la risa que le haría falta a Dios para reírse de nosotros, con inocencia.

           Cada que Elmo consigue 20 pesos por un poema, o por un amigo, coge un bus de la Flota Magdalena con rumbo a Manizales donde tiene una novia de 14 abriles. En Cali posee también su harem, mejor dicho, si kínder. Pues Elmo, ahí donde lo ven tan chiquito, inspira en sus muchachas un amor casi paternal.

        Nadie se casará con Elmo, por dos razones: primero, porque tiene el defecto de ser muy inteligente, y segundo, porque aunque Elmo es ingeniero electrónico graduado en Michigan, nunca tiene un peso para invitar a su novia a comer helados. Pero cuando le pagan cien pesos por una conferencia, como alguna vez en Manizales, entonces se desquita y compra en el “Ley” un tarro de “Saltinas La Rosa”, que su novia le agradece con más gusto que si le hubiera regalado un ramo de flores.

            Hace años Elmo se embarcó en una  aventura con un grupo de poetas y muchachas en busca de una isla perdida en el pacífico. Par ellos ese sueño se llamó “Islanada”. Elmo era el capitán de la expedición, y sin saber para donde iban se bajaron en el primer terronero que encontraron al salir de la Bahía de Tumaco. Allá se murieron de hambre y sólo comían pescado del que les regalaban algunos pescadores que de pronto pasaban por ahí. Como no se amaban entre sí, terminaron por odiarse, y a los 20 días abandonaron  “Islanada”, cada uno como pudo, en lanchas o en canoas de pescadores que volvían a Tumaco.

          Elmo fue el último en dejar la isla, pero nunca llegó a Tumaco. Allá le esperaba el resto de la expedición para partir hacia Cali. Después de un mes los periódicos registraron la noticia de su muerte. Un titular anunciaba que Elmo había perecido ahogado en el Pacífico. Nunca olvidaré aquellas lágrimas de J.Mario y yo en Bogotá, al saber la muerte de nuestro amigo.



          Sin embargo, se daba alguna esperanza de que Elmo apareciera. La “Séptima flota” de Tumaco lo buscaba en todas las islas, en todas las costas, inútilmente. Nosotros pensábamos en que a X- 504 se lo había tragado una ballena –como él dice en uno de sus poemas--, a Elmo se lo debió tragar un camarón.

           Como los periódicos no volvieron a decir nada, los nadaístas nos resignamos a su muerte, lentamente lo fuimos olvidando, y todas las noches nos seguimos emborrachando. Entre tanto, Elmo había desembarcado vivo en otras playas, más allá de las cuales empezaban las selvas del Río Mira. Al pedir trabajo en un aserradero, lo nombraron inspector de Bosques, con 200 pesos de sueldo. No tenía que hacer nada, excepto mirar los árboles y dormir a es la mar de perezoso, se buscó una negrita para que le preparara su ración de tiburón tres veces al día. Por culpa del tiburón, Elmo y la negrita terminaron durmiendo juntos, y entre los dos hicieron un negrito a quien bautizaron Hamlet Breton Valencia, en homenaje a Shakespeare y al fundador del surrealismo. El bichito Hamlet Breton gozó de una efímera y miserable existencia, y a los dos meses murió de un ataque de lombrices. Emérica, que así se llamaba la negrita, estuvo inconsolable, y le echó toda la culpa al tiburón de Elmo, cuya carne es maligna según supersticiones de los nativos.

              Dos años después, Elmo renunció a la maderera, y con la cesantía fundó un restaurante en la Bahía de Tumaco, en compañía de Emérica  Preciado. Se llamaba “Sancochería Nadaísta”, y allá se podía almorzar por 80 centavos. Era un hueco oscuro, lleno de moscas y de ollín, más sórdido que el infierno. El “Restaurante” era administrador por suegra, una viejita sin edad que usaba sombrero de paja, y tenía un solo colmillo filudo como un arpón. Se llamaba “mamá Pacha”.

             Mientras Emérica se pasaba pescando tortugas en el mar para el restaurante, Elmo se la pasaba leyendo a Rimbaud en un rancho de paja frente a la bahía, y por las noches en las tabernas jugando billas o bebiendo ron con las ganancias de la sancochería.

        Cuando volvía al rancho a media noche o al amanecer, ebrio de ron y de sexo, le pegaba a su mujer como cualquier camaján de barriada, y si hacía tempestad y el océano rugía, Elmo desafiaba a las potencias tenebrosas de la naturaleza, y en el colmo del delirio hacía oír el viejo grito de Rimbaud al abandonar a Europa: “Ahora estoy maldito, tengo horror a la patria. Lo mejor es dormir completamente ebrio sobre la playa… Esclavos, no maldigamos la vida”.

           La pobre Emérita al oír estos aullidos en medio de la tormenta, pensaba que “don Elmo” estaba loco, y se iba a dormir al rancho de su mamá, pues Emérita sólo tenía 15 años.
Al fin Elmo empezó a aburrirse como un condenado en aquel infierno de negritud y calor, y lo mandó todo al carajo: al mar, a Emérita, y al restaurante nadaísta. Como no tenía dinero, un aviador que había oído hablar de su aventura, al saber que eran el gran escritor náufrafo Elmo Valencia, lo llevó gratis a Cali, como carga.

     En Cali empezó a escribir una novela con sus aventuras marinas que tituló “Islanada”, pero hace ya 5 años que escribe y nada que termina.


Tomado de Revista Cromos, Reportaje en Onda Corta. 
5 de septiembre de 1966



1 comentario:

  1. Cagada que cuando hablen de Islanada se comenté que el libro trata de lo que hizo Elmo en ese lugar, pero el libro comieza narrando el nacimiento del nadaísmo y cómo lo encarna su fundador, gonzaloarango, que el libro se llama Adán. Faltará ver qué sigue después en el libro porque apenas lo acabo de comenzar.
    No sé si hacer un juicio de valor sobre la vida del MonjeLoco, pero es que no me gusta ese "complejo de Lolita" o cualquier invención para justificar la pedofilia, flagelo tan grande en nuestro país hijo del patriarcado principalmente.
    Lo que sí es cierto es que Elmo tiene un gran estilo, irónico y divertido. No sólo en la novela que ya mencioné, sino en sus cuentos como "Sabía usted que María tomó jugo de borojó?". Y no es sólo divertido e irónico, sino de una gran capacidad narrativa que se ve, en su mayor expresión y contento, en El universo humano. Creo que este es el mejor texto que ha escrito, no hay nada tan bello y fascinante. ¿Quién creería que un astronauta pueda hacerse en la madre? ¿No será que nos está hablando de esas relaciones tan profundas que tenemos con nuestras madres, nuestra realización personal y los sueños que tienen nuestras progenitoras para nosotros?

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