El destacado de la semana...


SIEMPRE ES DOMINGO
Tomado en el centro de Bogotá por Estefania Almonacid. 1 de abril del 2013

Por Eduardo Caballero Calderon

Aunque yo no tengo el menor sentido cronológico y nunca sé cuál es el día ni la fecha entre semana, reconozco el domingo aún sin abrir los ojos. En la ciudad es más silencioso, un oasis mudo en medio del ajetreo frenético de las semanas. En el campo el ladrido de un perro o el canto de un gallo llegan más pronto que otros días, en una atmósfera delgada y trasparente. En el recuerdo los domingos infantiles aparecen dorados aunque afuera, en la calle o en el huerto, no hiciera sol. Imaginariamente los contemplo como a un lienzo donde el tiempo se hubiera cristalizado dentro del marco.

Tomada en el centro de Bogotá por E. A 1 de abril 2013
Años más tarde, en el fervor de la adolescencia y el presentimiento del amor,  el domingo me ardía en la piel y era una quemadura al aire libre. Dejaba de dormir para comenzar a soñar: sueños poblados de imágenes , con niñas que jugaban en el parque o pasaban raudas en bicicleta, con los ojos más brillantes que entre semana y la cabellera más luminosa por ser domingo. El cual vibraba al compás de esas campanadas lentas embadurnadas de miel solar, que echaban a volar la torre dela iglesia de barrio. Despojadas de la angustia escolar, las nueve de la mañana se dilataban en ondas concéntricas y sonoras que rodaban por los tejados de la ciudad y se perdían en las montañas azules que arrugan la piel del campo. La adolescencia y la mañana danzaban cogidas de la mano y la piel del domingo se podía besar.

Luego la juventud, impetuosa detrás de ese motocicleta irreverente que despierta la intimidad dominical, tibia y soñolienta entre las ropas del lecho. La juventud saltaba de domingo a domingo, cada vez más de prisa, sobre la monotonía de las semanas. Y llega el día el día, con la madurez, en que los domingos se deslizan con creciente aceleración. Son cuentas del rosario que la beata apenas roza con los dedos, saltándose dos o tres por temor a quedarse dormida sin llegar a los tres Glorias finales. Y en la vejez del domingo se vuelve gris y frío aunque el sol se eche a dormir en los tejados de la ciudad y en el campo juguetee con las hojas de un árbol o se condense en una gota de miel en el pico de un colibrí. Domingos breves, tristes  herméticos, feos, que a final de la vida y de la vejez se volverán de hielo y de ceniza y se los llevará el viento cuando sople la muerte.

Tomado de Lecturas Dominicales, 6 de abril de 1975.

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